45 años

45 años: Secretos del corazón

La celebración del 45 aniversario de matrimonio de Kate y Geoff se va celebrar en siete días. En los días previos al festejo recibirán una noticia difícil que va a abrir heridas en donde aparentemente había cicatriz. 45 años habla sobre esas hendiduras que hacen que la infraestructura, sea de la naturaleza que sea, peligre y pueda resquebrajarse todo lo construido hasta la fecha. O al menos, que no resulte tan perfecto en apariencia.

 

La historia habla sobre el paso del tiempo en un matrimonio que gana el peso suficiente gracias a sus dos protagonistas. Él, Tom Courtenay es un consorte estupendo para una inmensa Charlotte Rampling; con ese porte elegante, ese garbo que mantiene desde su juventud y su mirada triste, personifica a una perfecta Kate que va desentramando un secreto que pesaba demasiado. Con razón los dos británicos se fueron de la pasada Berlinale con los osos a mejores interpretaciones. Ambos van despojándose de capas y el público profundiza un paso más en sus sentimientos. El rostro de ella no necesita de muchas conversaciones, su gesto lo dice todo a lo largo del metraje: dudas, inquietud, debilidad, etc. Mientras, él será la personificación de la dejadez. 45 años plantea cuestiones más que implacables en su guion. Las personalidades del matrimonio están muy bien forjadas. Ella es una mujer seria, coherente, sensata mientras que él parece no haber madurado ni una pizca en más de cuatro décadas de matrimonio. Geoff es un cobarde por no haber plantado cara a las dudas del pasado.

 

45 años

Courtenay y Rampling dan vida a este matrimonio

 

La historia –y los actores– es realista que casi no parece ficción porque duele. Kate sobrelleva como puede el fantasma pululante que ha descubierto, y eso lo transmite en pequeños gestos. El drama irá ahondado en las dudas que más de una vez aparecen en la vida: si hicimos bien en optar por ese camino, si realmente conocemos a la persona con la que hemos compartido todo, o si hemos sido felices todo este tiempo.

 

En Weekend, Andrew High hablaba sobre el nacimiento del amor en dos jóvenes; ahora avanza hasta una pareja de ancianos que han compartido una vida juntos. El realizador hace gala en esta película de la contención. La impotencia y la inseguridad se instalan en la mujer, mientras que su marido se confiesa ante ella, pero con escasas frases. Hablan poco, todo es medido justamente, igual que la fotografía de la que hace uso Haigh. Con contados toques es fácil ahondar en lo profundo (en la línea de Bergman). Y hace casi más daño que si se pusieran en la mesa todo los recursos posibles de la cinematografía; Haigh no cede ni un ápice de bondad ante su historia, la ofrece al espectador con una sinceridad tan calmosa como desoladora.

 

Menuda forma de cerrar la película con ese zoom al rostros de Rampling. Qué acorde queda la letra de la canción Smoke gets in your eyes, porque resume muy bien la moraleja que manda la película: el amor nos traslada a una nube de humo que nos ciega y en muchas ocasiones, uno se da cuenta que esa neblina le ha tapado demasiado.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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