Infiltrados en Clase - 21 Jump Street

Infiltrados en clase: Dos supersalidos rebeldes

Es difícil de creer que el acercamiento a la serie de los ochenta Jóvenes policías (Stephen J. Cannell y Patrick Hasburgh, 1987-1991) no esté dirigido, escrito, producido o patrocinado por Apatow y compañía, no sólo porque la mente pensante que ha ideado el proyecto sea el gordito afable de la ya de culto Supersalidos (Greg Mottola, 2007) y reciente nominado a un premio de la academia hollywodiense Jonah Hill; si no porque hay un prisma en la película que también tenía la anteriormente citada u otras como Lío embarazoso (Judd Apatow, 2007).

 

Schidmt y Jenko son dos agentes de nueva incursión en el cuerpo que han pasado por el instituto sin saber el uno del otro, pero que han acabado uniendo fuerzas para poder convertirse en policías e inevitablemente forjar una amistad. Dada su nula capacidad detectivesca y sus imberbes rostros se verán inmersos en una misión especial que les llevará de nuevo al instituto.

 

Infiltrados en Clase - 21 Jump Street

 

Este es el punto de partida con el que arranca el remake de la historia televisiva que lanzó al estrellato a un jovencísimo Johnny Depp. Parece una premisa que de haber sido rodada en los ochenta hubiera firmado John Hughes (de hecho, Jonah Hill insiste en las entrevistas en que ese era su propósito cuando se fijó en el proyecto), si en lugar de la década más hortera de la historia la acción prevaleciese sobre la comedia habríamos asistido a una buddy movie digna de Michael Bay.

 

Y eso es precisamente lo que ofrece la película. Una bromance con grandes dosis de comedia y una pizca de acción, consciente de sí misma y de las limitaciones del proyecto (tanto que desde un principio se autoparodian haciendo alusión a la falta de ingenio existente en Hollywood y la necesidad de recuperar viejas historias), y por ello se preocupan de que las expectativas de cada cual no sean demasiado altas. No es Jungla de cristal (John McTiernan, 1988) pero tampoco Vaya par de polis (Kevin Smith, 2010).

 

El guión parece escrito al servicio de Hill con Channing Tatum como el referente necesario para que el chiste funcione. Sin embargo, según la proyección va ganando minutos el primero se va desinflando mientras que el segundo adquiere confianza y se gana la simpatía del respetable. El libreto contiene algunos momentos hilarantes (el vídeo de youtube sobre la nueva droga), pero también chistes vergonzantes aunque resulten graciosos (al más puro estilo Farrelly) y, a pesar de algunas irregularidades difíciles de digerir, la progresión de la historia resulta creíble. La moralina, en cambio, hosca, se atraganta (hace años que no un piso un instituto, pero es dudoso que ahora la gente popular sea aquella tolerante y comprensiva).

 

Jonah Hill y Channing Tatum en Infiltrados en Clase

 

La simpatía que el cómico de moda se ganó con su papel de inocentón de afro rizado entrado en kilos, le da una larga ventaja para que la confianza de sus acérrimos no se vea disminuida, pero da la sensación de ser un sansón de la risa; cuanto más corto el pelo y más holgada la camisa, menos ingenioso. Por su lado, Tatum, que saltó a la fama con la magistral Memorias de Queens (Dito Montiel, 2006) y después ha ido pegándosela con cada cosa que ha hecho, no es un portento interpretativo ni mucho menos pero salva el pellejo muy dignamente. Sin embargo, quien tiene todas las papeletas de ser recordado a la salida del cine no es otro que el rapero Ice Cube. Para él es toda la verborrea, una auténtica metralleta que en 15 escasos minutos de personaje provoca auténticas carcajadas.

 

En definitiva, una comedia de acción fácil que trae a la memoria, de una manera agradable, los grandes clásicos de amistades entre compañeros policías. Y eso, para qué engañarnos, es más que suficiente.

 

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