Ocho apellidos catalanes

Ocho apellidos catalanes: ¿Dónde está la gracia?

Últimamente, parece que asistimos a un espectáculo en el que las secuelas casi se están convirtiendo en protagonistas. Como si de una costumbre se tratase, hay una predilección por dar segundas partes a películas originales que, en general, suelen resultar redondas y no necesitan un empujón más para que se conviertan en fenómeno. El problema básico de esto no es el empeño es abusar de manera ferviente del éxito que ya consiguió una primera entrega sino esperar que ese triunfo se repita una y otra vez hasta que se agoten las ideas y las ganas del público de acercarse a un cine.

 

Karra Elejalde y Dani Rovira

 

En España, lo que ocurrió con Ocho apellidos vascos fue una de esas excepciones de taquilla que casi podrían calificarse de milagro. Convertida en un prodigio de la recaudación, era inevitable que no apareciese ese deseo de aprovechar el tirón, de buscar un nuevo objetivo y de no frenar un éxito que podría repetirse. Ocho apellidos catalanes es el intento de fuerza bruta que viene de la herencia recibida de una película que, sin ser ni acercarse a una obra maestra, convirtió al cine español en el centro de la cartelera. Sin embargo, la novedad se quedó por el camino y no llegó a Cataluña. Son varios los tropiezos que caracterizan a Ocho apellidos catalanes, pero el más evidente y, quizá, el más imperdonable, es esa necesidad de meter prisa a la elaboración de una película y ofrecer al espectador un trabajo en el que los detalles se han mandado al limbo del olvido. Escoger el camino fácil y llano no ha resultado una solución inteligente a la impaciencia de los encargados de esta cinta y, por supuesto, ha desembocado en una película en la que la torpeza, la falta de ambición y la ausencia de riesgo son más protagonistas que Dani Rovira.

 

Su predecesora abrió un camino en el que el choque entre costumbres era un mundo que todavía no se había explotado demasiado. En este caso, la casualidad ha querido que Ocho apellidos catalanes, además de esas diferencias que se supone podemos encontrar entre norte, sur y este, apareciese en el momento más oportuno posible. Envuelto en una vorágine independentista, Emilio Mártinez-Lázaro ha apostado por no dejar pasar la oportunidad y subirse al carro del éxito cedido por la situación actual. No obstante, y a riesgo de convertir esta película en un constante golpeteo contra la pared y en una pequeña y, en cierto sentido, muy poco discreta heredera de Goodbye Lenin!, la insistencia en repetir una y otra vez termina por ser tediosa. Hay algún momento que destaca e, incluso, arranca una risa discreta que puede ser complicado aguantar para aquel espectador risueño. Pero a una comedia como esta es inevitable pedirle más.

 

En Ocho apellidos catalanes no hay ni un pequeño resquicio de riesgo. Ni siquiera se busca generar una minúscula molestia para aquellos que tienen sus orígenes bien aferrados. Y dado que en ningún momento se camina sobre una cuerda sin red de seguridad bajo los pies, tampoco hay inseguridad a la hora de escoger a quienes llevan el peso de los personajes. La corrección es la característica que más destaca, aunque es Karra Elejalde quien ostenta esa comicidad que hay que intentar sacar a relucir una y otra vez. Incluso Berto Romero con su hilarante papel de hípster redicho arranca alguna que otra sonrisa que despertará a aquellos a los que el resto del elenco deje somnolientos.

 

Las secuelas son terrenos en los que el suelo siempre es inestable y, aunque se utilice un guion fácil y accesible para todos, eso no las convierte en productos firmes que puedan sostener el peso de la película predecesora. Y, precisamente, el hecho de buscar una solución que contente a todos los que se encuentren con los ojos clavados en la pantalla supone sacar a relucir una cobardía narrativa que, sin lugar a dudas, acaba siendo monótona. Ocho apellidos catalanes es entretenida, sí, pero la diversión resulta más satisfactoria si, al final, se queda la sensación de no haber perdido el tiempo.

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