JLA - Acto Divino

JLA – Acto Divino: El fin del sueño

JLA - Acto Divino… y, a partir de ese momento, nada volverá a ser normal

 

Otros Mundos, el sello bajo el cual DC edita realidades alternativas y cuentos que, quizás, jamás lleguen a disponer de hueco en el rico y variado multiverso de la editorial, nos permite acceder en ocasiones a relatos que bien valen para iniciar colecciones aparte. Se suele partir de una idea básica, de un ‘y si…’ (de hecho, la competencia llamó exactamente así [What If] a su catálogo de historias fuera de la continuidad). ¿Y si los héroes de la Liga e la Justicia vivieran en un relato del lejano Oeste? ¿Y si la nave espacial de Superman hubiera aterrizado en la Unión Soviética en lugar de los campos norteamericanos? En ocasiones dicha idea no da más que para un ejercicio de imaginación refrescante dentro del universo editorial que conocemos. Otras veces, sin embargo, plantea mundos e historias tan sólidos que merece la pena revisitarlos de cuando en cuando. Es el caso de la maravillosa Kingdom Come, de Mark Waid y Alex Ross, obra indispensable en la biblioteca de todo aficionado a los cómics, y, con permiso de ésta última, también es el caso del álbum que ECC puso a la venta el pasado mes de mayo.

 

JLA – Acto Divino recoge lo mejor y lo peor de la resaca de los años noventa… y barre el suelo con sus caras. Si alguna vez tuvo sentido la expresión ‘bajar al héroe de su pedestal‘ o la de ‘obligarle a poner los pies en la tierra‘ es esta. Doug Moench, que no era en aquel entonces precisamente un novato en el mundo de los superhéroes, decidió tomar un mundo en el que los héroes existían… y desposeerles de sus poderes a todos. Esto es muy interesante, porque mundos sin superhéroes en los que de repente comienzan a surgir personas con poderes ya los hemos visto (sin ir más lejos ese era el argumento central del NuDC) y mundos en los que los héroes desaparecieron o se retiraron también nos vienen a la mente, pero: ¿qué ocurre cuando Superman deja de poder volar?

 

No logro superarlo…

 

La propuesta de Moench, florituras heroicas aparte, se convierte así en un estudio psicológico de lo que se esconde detrás de la máscara del héroe. Y lo que desvela el autor tras ella no es nada hermoso. Más allá del arrojo y la voluntad de ayudar a los demás Moench nos pinta un escenario con gente adicta al sentimiento de superioridad (moral y física) que otorga la capa. Nos habla de personajes incapaces de buscar nuevos caminos y objetivos en el mundo una vez son desposeídos de aquello tras lo que se han refugiado durante años. Nos habla también de una humanidad ‘enganchada’ a los héroes. Dispuesta a construirse unos nuevos si los anteriores comienzan a chochear en lugar de tomar las riendas de sus propios destinos. Plasma, también está claro, a los que son capaces de ver todo lo que eran y luchan por convertirse en algo diferente. Y esos últimos serán los que acaparen casi la totalidad de nuestra atención a partir de cierto punto de la historia, pero un detalle, justo cuando creemos que la trama se ha solucionado, nos viene a recordar que estos ‘nuevos héroes’ son sólo una excepción, los pocos que resistieron a todas y cada una de las sesiones de Alcohólicos Anónimos celebradas en el antiguo cuartel de la Liga de la Justicia.

 

JLA - Acto Divino

JLA – Acto Divino

 

En cierto modo, este cómic me recuerda al primero de los de la saga del Caballero Oscuro de Frank Miller. Ese que nos mostraba a un Bruce Wayne entrado en años con un ansia difícil de aplacar por volver a ponerse el traje y patrullar las calles. A lo largo de los años muchos cómics han tratado de ahondar en las raíces del heroísmo para tratar de encontrar el elemento puro que las compone, pero son menos los que directamente han tratado de cuestionarse su misma existencia. Moench, con la excusa de lo primero, ha hecho lo segundo y, al hacerlo, ha dado una visión mucho más realista y descarnada de los héroes de nuestra infancia. JLA – Acto Divino es el ‘los reyes son los padres‘ que tarde o temprano todos deberíamos escuchar… o leer.

Acerca de RJ Prous

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En la soledad de mi beca Séneca en Zaragoza aprendí a amar el cine mierder. Volví a Madrid para deambular por millones de salas y pases de películas para finalmente acabar trabajando con aviones. Amante del cine y de sus butacas, también leo muchos cómics y, a veces, hasta sé de lo que hablo.

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