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El 15-M, una esperanzadora muestra de democracia

Un férreo control sobre los poderes financieros (bancos, corporaciones…), medidas contundentes contra la corrupción, un sistema electoral más democrático e inclusivo (listas abiertas, cómputo igualitario de los votos…), la aprobación de una ley de transparencia efectiva, urgentes reformas económicas que beneficien a toda la ciudadanía… En lugar de analizar esas demandas exigidas por el 15-M (el esperanzador movimiento masivo surgido poco antes de las últimas elecciones municipales y autonómicas), ciertos comunicadores derechistas se regodean descargando su atrabiliaria bilis sobre la gente del común. Vanos intentos de dinamitar nuestra esperanza, de dejar al astillado presente como única opción. Sin causas y sin culpables.

 

Pienso, por ejemplo, en César Vidal, quien relaciona a los manifestantes del 15-M –entre quienes me incluyo– con los terroristas vascos. En un alarde de histrionismo verbal, Vidal –ese títere– afirma: “Buen número de estos jóvenes, lejos de ser, como pretenden, un movimiento ciudadano apolítico, pertenecen a los habituales grupos antisistema. (…) Las fuerzas de seguridad han alertado en varias ocasiones del peligro que presentan estos grupos, que mantienen contacto regular con Batasuna-ETA y que han recibido entrenamiento de Segi [organización juvenil perteneciente a la izquierda abertzale] en cursos de guerrilla urbana”.

 

 

Ese es el clima endémico de terror que nos recetan, a modo de panacea, ciertos medios derechistas, como Libertad Digital o La Razón, los cuales dan cobijo a Vidal. ¡Tanta estulticia dinamita los cánones periodísticos! Taxativamente, el 15-M es un movimiento ciudadano (asambleario, para más señas) que reivindica un futuro más digno y que apela al pacifismo. Sólo –sí, sólo– en las manifestaciones de Cataluña ha habido brotes de violencia, y la organización del 15-M no tardó en desmarcarse públicamente de los autores de esos actos inadmisibles. Por ende, es un grave error intentar criminalizar a la totalidad de los ciudadanos que, haciendo gala de su civismo y de su educación, toman las calles de las principales urbes de España (y de algunas europeas). Son desencantados ciudadanos de diferentes generaciones que, en un delicado momento económico, se rebelen frente a la bajura de los políticos, quienes no ofrecen soluciones a sus problemas. Cansa recordar lo obvio: los indignados salen a la calle amparados por el artículo 21 de la Constitución (“Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa”. “En los casos de reuniones en lugares de tránsito público (…) la autoridad sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes”). Dicho lo cual, cualquier sospecha infundada, como la de César Vidal, constituye pura gana de marear la perdiz. O, lo que es peor, insolvencia e irresponsabilidad intelectual (por llamar de algún modo a su labor).

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Hoy más que nunca, para combatir esa vocinglería, esa insensibilidad, esa podredumbre moral, esa bajura, esas supercherías, esas risas a mandíbula batiente, esos puritanos fruncimientos…, se necesitan esperanzadores muestras de democracia como el 15-M. ¡Aldabonazos de alerta a las adormecidas mentes de los políticos!

 

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