Esquirlas

Lo que pudo haber sido

Para un niño sensible del occidente asturiano o del noroeste lucense, para un rapaz que sabe apreciar la belleza del paisaje y que escucha atentamente —en boca de su abuelo— las noticias de pretéritas muchedumbres prodigiosas, lo difícil es no guardar rincones de nostalgia por un mundo mágico, gozoso y desaparecido. Es más, estoy en condiciones de afirmar que la circunstancia de haber nacido en un apartado pueblo del noroeste peninsular aviva una nostalgia muy extraña y esplendente, una tristeza originada por el recuerdo no ya de lo que fue, sino de lo que pudo haber sido. Me explico. Después de haber pasado toda la infancia reconstruyendo —con amoroso cuidado— tantas ilusiones sistemáticamente pisoteadas, uno irrumpió en el instituto con el corazón henchido de deseos volcánicos… Pero, por culpa de mi timidez o de aquel ambiente opresivo y malsano que reprimía tanto los sentimientos como las pasiones, sólo pude acariciar en sueños a algunas muchachas extremadamente refinadas y sensibles. Recuerdo que también soñaba continuamente, en aquellas calendas, con suaves amigos —no sólo con novias— de la música, del cine y de la literatura. Pero no pudo ser. Por una u otra razón, no pude conocer, en su cenital esplendor, a los adolescentes de mi generación, y la extraña nostalgia norteña ha ido acrecentándose con el paso de los años…

 

Esquirlas

 

Gracias a mi amiga M., una talentosa actriz adolescente, estoy exorcizando gustosamente mi etapa de estudiante de secundaria. Muy pocas veces conocí una muchacha tan dulce, tan expresiva, tan sutil, tan inteligente y tan sensible como M. Esa extraordinaria sensibilidad enciende constantemente sus grandes y soñadores ojos oscuros, que no necesita resaltar con ningún aderezo. Y es que M., en contraste con esas manipulables chicas que, empeñadas en desdecir el preciado don de la juventud, se parapetan tras un maquillaje circense, M. —digo— forja su belleza en el embelesamiento, en el detalle de la mirada, en la voracidad tiernísima, en la naturalidad de la sonrisa más contagiosa, en el vuelo de la voz, en el suave acento, en la pasión por el diálogo… No exageraré, pues, al afirmar que esta expresiva muchacha morena hace suya, sin saberlo, la irreemplazable tesis estética de Baudelaire:

 

Aquello que no está ligeramente distorsionado adolece de una falta de atractivo considerable, de lo que se deduce que la irregularidad, o sea, lo inesperado, la sorpresa, el asombro, es una parte esencial y una característica de la belleza.

 

Y no hablo de poses ni de bagatelas: M. gusta de embriagarse, en sus ratos libres, con las palabras y con la música: así, a veces, comenta, con mucha agudeza, alguno de mis poemas amatorios, y en otras ocasiones trae a colación, imprevisiblemente, un desgarrador estribillo de Los Secretos o una espontánea frase salida —sabe Dios cuándo— de mi boca.

 

 

—Es que me encanta cómo te expresas —me dice M., apartando, con una dulzura inusitada, un mechón castaño que le cae sobre los hermosos ojos, llenos de destellos tremulantes. Y, acto seguido, exclama con un leve suspiro:

 

—¡Ay, Héctor, a mí aún me faltan muchos libros por leer!

 

La franqueza y la extrema sensibilidad de esta muchacha me reconcilian con la primera mocedad, es cierto, pero también me llevan a desear no tanto lo que he perdido como lo que podría haber sido. ¿Por qué diablos no irrumpió M., de voz melodiosa y delgada, en mis tediosos años adolescentes? Una vez vencida mi timidez, estoy seguro de que hubiéramos conectado. Nos imagino a los dos, quinceañeros cargados de sueños y estudios, charlando y cantando hasta altas horas de la madrugada. Tendría que ser muy hermoso el sentarse en una solana a ver demorar la mirada de M. sobre mi ancho y silente país de montes. Sé que esa mirada —luz de prodigiosa hondura— convertiría en milagros únicos, recién estrenados, las manchas de oro que el otoño pone en los esbeltos chopos de la orilla del Eo, los dilatados horizontes vestidos de azul o las montañas coronadas por la niebla, tan invisibles por tan a la vista. Al imaginar este llamear de instantes, se le encoge a uno el corazón, como al cinéfilo se le encoge el corazón al comprobar que el abismo de una cruenta dictadura alcanza, en la mirada de mi amiguita, un luminoso recorrido hasta el fondo de su negrura.

 

Esquirlas

 

Pensándolo bien, quizás sea mejor que M. y servidor no hayamos nacido en el mismo año, que no nos hayamos encontrado en el instituto, por el derecho a seguir soñando con lo que podría haber sido.

 

Además, modestia aparte, es muy grato saber que hoy, gracias a esta encantadora muchacha, estoy llevando a la práctica la citada tesis estética del maestro Baudelaire. Digo esto porque, mientras M. me cuenta —dulcemente— sus lances de estudio y deporte, una noche más, mi grave y solemne voz se quiebra, se acelera, se hace más libre… ¿Verdad que ahora perciben mi natural acento gallego?

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