Louie

Louie: Negro, negrísimo

 

La mejor forma de explicar el cliché «no dejar títere con cabeza» es mostrar un monólogo de Louie C.K. Sus chistes van desde comparar a Adolf Hitler con Ray Charles por el número de judíos que mató cada uno; hasta explicar gráfica y detalladamente cómo su hija de 3 años, completamente desnuda frente a él, hace sus necesidades mayores en el suelo mientras él observa desde la taza del váter llevando a cabo la misma acción. No respeta ni a sus hijas.

 

Para aquellos que no conozcan a este cómico con ascendencia húngara, se trata de uno de los mayores emblemas americanos del stand-up comedy más brutal, incorrecto y demoledor. Las comparaciones con el mandamás de este modelo de comedia, Larry David, son inevitables.

 

Ya probó suerte con una sitcom al uso (multicámara, decorados manidos y risas enlatadas) en HBO en la que relataba su vida cotidiana. Lucky Louie lo llamó, quizá en irónica previsión de que las cosas no funcionarían. La serie duró solo una temporada.

 

 

El año pasado decidió retomar la misma idea pero dándole otro envoltorio, más sucio, más cuidado en su realización, menos tradicional. La FOX le dio luz verde y nació Louie, sin más. Parece que su suerte ha cambiado. Segunda temporada emitiéndose en Estados Unidos y con un contrato bajo el brazo para una tercera.

 

Este onanista reconocido desgrana su vida en una Nueva York a la que no parece pertenecer. Es una ciudad que le rechaza y él le sigue rindiendo pleitesía en esos magníficos exteriores que le dan a la serie un estilo con un sabor distinto a lo que era Seinfeld, la gran serie sobre la nada y sobre todo en la capital del mundo.

 

Parte de unas bases similares a la citada comedia con escenas reales de monólogos que se cuelan en el capítulo pero se diferencia de ella en su pausa. Haciendo un inmejorable uso de los silencios la acción transcurre sin prisa, calmadamente, desconcertando al espectador con ejercicios de realización inusuales en las comedias de situación (mucho primer plano mirando a cámara, alguna que otra alucinación rodada con imaginación, un escasísimo número de escenas). El episodio, de unos 28 minutos de duración, aborda por costumbre dos tramas divergentes entre sí que parten el relato en dos. Y lo hace sin ningún tipo de rubor. De hecho, en el propio título te lo advierte. «Oh Louie / Tickets», «Bluberries / Bummer», son algunos ejemplos.

 

El hombre de perilla pelirroja no sólo se ríe de cuánto le rodea con el más cínico, negro y pesimista sentido del humor, también lo hace con su propia persona. Hace unos años, cuando Dane Cook (un actor de medio pelo al que se le ha podido ver en películas de «alto calibre» como Una novia para dos) empezó a explotar en el stand-up americano, se le echó en cara que muchos de sus chistes estaban copiados del material de Louie. Éste nunca alimentó esos rumores pero tampoco los desmintió. Mientras para el gran público Cook era hilarante, para el gremio era poco más que farsante.

 

Louie, luciendo su ingenio, escribe una escena en el séptimo episodio de la segunda temporada Oh Louie / Tickets en la que debe pedirle a Dane (una de las muchas estrellas invitadas que tiene el show) unas entradas para un concierto de Lady Gaga. Este encuentro es medio metraje. Un cara a cara en el que tirarse mierda y aguantar el chaparrón. Magistral.

 

La apertura de ese mismo episodio es otro buen ejemplo de cómo reírse de uno mismo: el rodaje de una típica escena de una típica sitcom familiar con los típicos decorados de fábrica. Todo ello desprendiendo cierto aroma a Lucky Louie.

 

Todo el mérito creativo recae sobre los hombros de C.K. quien escribe, dirige, edita y protagoniza todos los capítulos. Pero no podemos restarle importancia a la cadena, una FOX que a pesar de su consabida fama conservadora, ha llevado su apuesta habitual por el humor irreverente al límite, del negro al negrísimo.

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