Turistas (Sightseers)

Turistas (Sightseers): Sin barreras morales

Turistas tiene la valiosa cualidad de dirigirse a varios públicos distintos. No es una película de género per se, aunque de alguna manera se haya visto etiquetada como comedia negra, pero desde luego cuenta con buenas armas para llegar a aquellos que se dejen sorprender y no estén escasos de miras.

 

Seguramente cuando alguien lea estas líneas será consciente del planteamiento que ofrece el argumento. Aún así, poco se puede contar de la sinopsis ya que como más puede disfrutarse es desconociendo por completo las sorpresas que guarda. En palabras de su director, es una comedia romántica con una pareja y un perro. A lo que podría añadirse: que realiza un viaje en caravana por lo más recóndito y al mismo tiempo universal que esconde el ser humano.

 

El libreto (escrito a seis manos por la pareja protagonista de la cinta y Amy Jump, mujer del director) es el mayor acierto de este largo que presenta muchas similitudes con cierta película noventera de Oliver Stone, aunque el tono, así como el estilo, sean totalmente distintos. Ben Wheatley es un cineasta especial, con una mirada única para hacer de las patologías más significativas normalidad, humanizar a personajes faltos de sentido moral y encontrar en ello el equilibrio perfecto entre la comicidad y el terror. Por ese lado abogaban sus dos primeras obras en las que los asesinatos y la criminalidad tenían un sentido cotidiano y el atractivo no residía en el glamour de los sicarios vistos en otras películas, sino en la propia imagen revertida que ofrecía del respetable.

 

Alice Lowe y Steve Oram en Turistas (Sightseers)

 

Como una manera de alejarse de la brutalidad mostrada en Kill List (2011), en esta ruta turística por los campings y museos más excéntricos del Reino Unido carga la atmósfera de libertad creativa y mucha mala leche. Tomando como base las secuencias más impactantes y divertidas del guión, todo gira en torno al desentendimiento hacia uno mismo y hacia la sociedad que rodea a los personajes. Actos de puro instinto que todo hombre y mujer cometería de no regir el sentido cívico se ven aquí cometidos de manera explícita con escasa o nula justificación lógica en el plano social, que no narrativo. El comienzo invita a pensar en una descacharrante comedia sin tapujos, pero, para gozo de algunos y sopor de otros, una vez llegado el acto intermedio las cosas resultan más descerebradas de lo que inicialmente parecía pensado y la comprensión de la psique de Tina y Chris se dificulta. Porque una vez que los acontecimientos se disparan ya no importa tanto el porqué como el cómo y la falta de escrúpulos es necesaria para seguir dentro de la historia. Los devaneos mentales juegan una baza importante que se antoja incomprensible si se toma demasiado en serio el nexo de unión entre los protagonistas.

 

Sea como fuere, el resultado rezuma personalidad desde varios puntos de vista. Por un lado, el ya citado tratamiento cercano que aporta Wheatley a lo ajeno y la familiaridad con la que despacha los actos delictivos, esa curiosa dualidad. Por otro, el humor negro inglés de nueva cuña proveniente de una generación que combina a la perfección la elegante ironía tradicional con la crueldad sanguinaria que Edgar Wright (productor de la cinta) abanderó en Zombies Party (2003). Y por último, una cuidada selección musical con gusto ochentero que aporta al producto el toque de culto que definitivamente es. Tengan cuidado con las caravanas.

 

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