Un amigo para Frank

Un amigo para Frank: Quiero ese robot

 

Las películas ambientadas en un futuro cercano con robots inteligentes siempre suscitan en mi persona un cierto interés. No soy muy afín al cine de ciencia ficción pero cualquiera ha fantaseado en alguna ocasión con una máquina-mayordomo que le haga la vida más fácil. Todos los que se acogen al lema ‘me gusta más que me sirvan que servir’ lo han hecho. ¿O el dicho era al revés? Sea como sea, el concepto ha quedado claro: el futuro debe conllevar comodidad, y espero que los avances tecnológicos nos permitan algún día poseer ese Robot Emilio que te traía el zumo a la cama y que la maligna publicidad navideña nos vendió por aquel entonces.

 

Dicho esto, el visionado de Un amigo para Frank supone un ejercicio tan interesante y entretenido como reflexivo. Cualquier hijo medianamente agradecido a sus progenitores debería prestarles la atención que estos se merecen en su época senil. Las residencias de la tercera edad son una opción a tener en cuenta dependiendo de las circunstancias personales de cada uno (independientemente de la opinión del interfecto en cuestión) pero, si existe la posibilidad, ¿por qué no optar por un simpático y noble amasijo de hierros?

 

Uno de los más notables logros del cine contemporáneo es su capacidad para contar historias con animaciones, monigotes y otras entidades no humanas. Este film es un ejemplo de ello, una historia pequeña en la línea de Eva (Kike Maíllo, 2011) a la hora de asociar su compleja robótica al chasis del producto y centrarse más en las emociones humanas.

 

Frank Langella en Un amigo para Frank

 

 

Y es que hay algunas cosas buenas en Un amigo para Frank. Una de ellas no es su traducción de su título al castellano (el neutral Robot & Frank se asemeja mucho más a la relación entre los dos protagonistas). Detallismos aparte, la cinta cuenta con un arranque lo suficientemente prometedor para ser visionada con condescendencia dentro de su propio universo. El veterano Frank Langella se las arregla para caernos mal al principio y que lo comprendamos más a medida que transcurren los acontecimientos. El casting de los secundarios flojea un poco, siendo poco convincentes las caras bonitas de James Marsden y Liv Tyler en el papel de hijos. La excepción no podía ser otra que Susan Sarandon, la cual sigue imbuida en un aura de indiscutible sex-appeal a sus 66 años.

 

Un amigo para Frank es una rebelión contra la vejez y el sedentarismo y, al mismo tiempo, una bonita historia de amistad. Posiblemente caiga en el olvido, pues su trama no posee la fuerza necesaria para perpetuar en la mente del espectador, pero queda, sin duda, registrada como una cinta de necesario visionado para comprender diferentes puntos de vista.

 

 

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