Sueño y Silencio

Sueño y Silencio: Sublime ejercicio cinematográfico

Tras la incomprendida Tiro en la cabeza (2008), Jaime Rosales vuelve a la actualidad cinematográfica con su nueva película, Sueño y silencio (2012), la historia de la descomposición de una familia, a priori perfecta, tras una terrible tragedia.

 

Rosales no es un autor fácil. Exige mucho al espectador para rellenar huecos que no resultan del todo incomprensibles pero que en otro tipo de cine sería impensable dejar vacíos. Aquí prosigue con la intención de explorar nuevos territorios cinematográficos. Y si en su osado retrato de los terroristas era el uso del teleobjetivo el deber que se autoimplantó, en este drama es el plano fijo y la toma única lo que hace arriesgado y llamativo el planteamiento.

 

Sueño y Silencio

 

Durante las casi dos horas de metraje el trípode está presente en la mayoría de las escenas, el director tan solo le permite a la cámara cierto movimiento cuando los personajes no se encuentran en el encuadre. La visión que nos propone es la de un testigo silencioso que no quiere molestar, intenta que percibamos los acontecimientos como lo haríamos en la realidad más descarnada, sin ningún tipo de distracciones. Para ello prescinde una vez más de banda sonora, ha escogido un reparto repleto de personas de la calle que ejercen las profesiones de los personajes en su vida real y les ha dejado improvisar diálogos a fin de captar la vida de la forma más humana posible. El único aditivo que se permite es el uso del blanco y negro granulado que dota a la historia una belleza particular.

 

Sueño y Silencio

 

 

Gracias a la falta de artificios consigue escenas sublimes de puro Cinema Verité en las que la naturalidad de la tragedia sobrecogen por identificación del mismo modo que se entiende en ésta época el humor stand-up: nos vemos terriblemente reflejados con lo que se nos está contando. Un buen ejemplo es la siguiente escena: cinco minutos de silencio en un plano general que ni siquiera nos permite agarrarnos a la interpretación de los actores para llevarnos a la ruptura emocional. No, deja que fijemos nuestra atención donde deseemos, y a pesar de ello (y gracias al emplazamiento de la cámara en la localización) se forma el inevitable nudo en la garganta y la consiguiente represión de la lágrima.

 

Sin embargo, en su afán por contar relatos de un modo original y complejo puede provocar el tedio en muchos espectadores. No todo el mundo quiere entrar al cine para presenciar dos horas de diálogos espontáneos, en los que el punto de vista es casi siempre el mismo, donde nada nos ayuda a dejar aflorar las emociones y  sentirnos parte de la vida de los personajes. Hay que meterse en la película para amarla.

 

 

Sueño y Silencio

 

 

El reparto al completo es maravilloso. Sin conocer detalles de producción (son amateurs escogidos por su semejanza con los personajes, de hecho, los nombres de éstos son los de los actores en la realidad) hay una conexión entre todos los miembros de la familia que lleva a la sospecha de que pudiera tratarse de parientes reales. Indagando en el hecho de que son diálogos improvisados, donde los intérpretes sólo reciben el punto de partida dramático de cada escena, es cuando descubrimos el portento que de verdad se esconde detrás de cada uno de ellos. Las niñas rezuman naturalidad a pesar de su corta edad y Oriol Roselló desquicia y enamora a partes iguales con sus entrañables titubeos y Jaume Terradas y Laura Latorre son la pareja de abuelos perfectamente complementaria con la que todos podemos identificarnos de una manera u otra. Pero quien brilla con absoluta justicia por encima de todos es Yolanda Galocha. Ella es la protagonista de la cinta y la que hace el viaje emocional más duro de todos. En ella recaen todas las escenas con mayor peso dramático y borda todas y cada una, incluso saliéndose del encuadre en alguna ocasión. Además, la película guarda sorpresas como la aparición del pintor Miquel Barceló llevando a cabo la realización de una obra.

 

La vuelta de Rosales a la grabación de gestos mínimos, de la cotidianeidad y el silencio como arma fundamental, como ya hiciera en La soledad (2007), es un fructuoso ejercicio de narración que creará disconformidad por lo atrevido de su propuesta.

 

 

 

 

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