Convención en Cedar Rapids

Convención en Cedar Rapids: Aprendiendo a los 40

 

La comedia independiente es un subgénero en sí mismo que últimamente nos da más alegrías que disgustos.  Convención en Cedar Rapids nos presenta a un personaje infantil, bondadoso y bien intencionado que por un golpe del destino se enfrenta a un grupo de tiburones de los que aprenderá como es la vida realmente fuera de su pequeña burbuja. Lejos de la habitual formula de comedia comercial, la película toca importantes temas de la vida presentados de una manera inesperada y a la vez muy divertida.

 

Ed Helms interpreta aquí a un bonachón agente de seguros, incapaz de engañar a los clientes de su pequeño pueblo y con unas marcadas carencias afectivas, a pesar de su interesante vida sexual. Al salir del cascarón, cogiendo por primera vez un avión para aterrizar en el cutre hotel en el que tiene lugar una casposa convención, se enfrentará con su limitado bagaje a una serie de situaciones nuevas para él. Es este descubrimiento del mundo real (o del mundo real de los agentes de seguros) lo que hace a la película tan especial, viendo como su mundo se descoloca para volverse a colocar justo al revés. El actor está aquí mejor ubicado si cabe que en la franquicia del resacón que lo catapultó a la fama. Una colección de jerséis sacados del armario de Bill Cosby y un peinado rematado con el lametón de una vaca junto, claro está, a su interpretación, le convierten en la mejor opción para el papel.

 

Convención en Cedar Rapids

 

El universo de secundarios está increíblemente elegido, posiblemente porque la predisposición a trabajar con el director Miguel Arteta sea algo común en el Hollywood más radical. John C. Reilly es capaz de que le odiemos y le amemos en secuencias contiguas, redescubrimos a una pizpireta Anne Heche tan válida para la comedia como para el drama y Kurtwood Smith consigue aterrorizar al más pintado como viene siendo su línea habitual. Pero la lista de nombres no tiene desperdicio y desde maternal intervención de Sigourney Weaver hasta la violenta irrupción de Rob Corddry hay buenos momentos para todos los gustos.

 

Miguel Arteta se define como un gran director de actores, dejando los aspavientos narrativos para otro momento y centrándose en contar una historia sencilla y enmarcar cada momento de la manera menos intrusiva posible. Podríamos pensar que su extenso historial televisivo pasa factura en algún momento, pero eso es algo que no sabremos con certeza hasta que tenga la oportunidad de afrontar un guión con más posibilidades dramáticas.

 

Quizá la propuesta queda lastrada a última hora por un final más convencional de lo esperado. La falta de imaginación en un momento plausible pero ya muy visto, me impide emparentar directamente a este film con la estupenda Win Win (ganamos todos) todavía en nuestras carteleras.

 

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