Una Bala en la Cabeza

Una bala en la cabeza: Stallone sigue siendo el más duro

Stallone y sus coetáneos se resisten a desaparecer del panorama cinematográfico por mucho que lo que dicte el sentido común sea una jubilación más que merecida. En el caso de Sly es entendible desde un punto de vista financiero ya que la vuelta a sus clásicos le reportaron agradecidos beneficios, y si además es capaz de crear unos personajes que generen una nueva saga, nada que objetar.

 

Lo que ahora llega a las pantallas españolas es un producto hecho a su medida en el que tomando como base la novela gráfica de Alexis Nolent del mismo nombre se nos cuenta una historia de venganza en la que Stallone pueda jactarse de músculos, contar chistes malos y dejar para la posteridad algunas imágenes que acabarán siendo icónicas si la película tiene algo de éxito (impagable el momento Pretty Woman prefiesta en el que Sylvester se prueba varias máscaras ante el espejo).

 

El producto no rezuma calidad ni otorga al espectador la posibilidad de encontrarse con un Stallone atrevido explorando nuevos terrenos artísticos, pero sí que reporta una cantidad correcta de explosiones, peleas bien coreografiadas y una importante autoconsciencia de sí misma. Gracias a lo desmesurado de algunas de sus escenas y las líneas escritas especialmente para que alguien tan falto de expresión como el protagonista resulte hilarante, se nos da a entender que la película sabe qué tipo de filme es, hacia dónde se dirige y lo que espera conseguir.

 

Sylvester Stallone en Una Bala en la Cabeza

 

Que la realización esté plagada de tópicos y pudiese haberla filmado cualquiera que tenga un dedo con el que apretar el botón de rec está fuera de discusión. El atractivo de la cinta es su estrella principal y su pétrea genética. Los sentimientos que genera el descubrir quien es el firmante son encontrados, sin embargo. Walter Hill tiene una filmografía llamativa a sus espaldas, con títulos que no le han hecho ser especialmente cotizado o ganarse el favor del público pero que sí han resultado de culto como la convertida no hace mucho tiempo en videojuego The Warriors (1979). Sin alejarse del género de acción tiene en su haber películas más que dignas, pero como a tantos otros de su generación, la renovación estilística de los últimos decenios le ha jugado una mala pasada y, anclado en la vieja manera de narrar los golpes, su dirección queda en un plano apagado.

 

Pero, como queda bien claro desde el primer momento, el centro de todo este entramado viril es el emblemático Rambo. Habiendo demostrado sobradamente lo que puede dar de sí, este fornido sexagenario no busca otra cosa que asegurarse réplicas ingeniosas, explotar su estirada figura y potenciar el amedrentamiento que provoca su sola visión con tatuajes carcelarios. Si los accesorios que los creadores del asunto han ideado para él son un compañero que vengar que no le importa a nadie (ni al propio Stallone), una hija sin mayor interés que el sexual o un forzado partenaire con rasgos orientales es indiferente para él y para los espectadores.

 

El objetivo primordial de presentar al héroe de acción más duro de todos los tiempos está cumplido con creces y, si además no tiene miedo de reírse de sí mismo, consigue que el respetable se ría con y no de él.

 

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