13 asesinos

13 asesinos: … son suficientes

Thirteen Assassins es una película del controvertido y genial Takashi Miike, y un remake de una película en blanco y negro del mismo nombre de Eiichi Kudo, estrenada en 1963. Presenta un puñado de caras conocidas del cine japonés, destacando en nuestra memoria el protagonista Shinzaemon, interpretado por Kôji Yakusho de Memorias de una Geisha, aunque probablemente la audiencia de una y otra película no se solapen.

 

Thirteen Assassins juega sobre la línea entre el drama y la película de género en toda su duración; enseguida recuerda, en estética, personajes y temática, a otras películas como Los Siete Samurais, pero no de una manera tan obvia que resulte aburrida, ni tan al pie de la letra que resulte pobre en comparación. Aunque previsible en su desarrollo narrativo, su público demanda más sorpresa en la espectacularidad durante las batallas que en la trama. Y en este sentido, no defrauda.

 

13 asesinos

 

La parte introductoria presenta grandes dosis de información provistas en un ambiente misterioso y conspiratorio: espacios cerrados, remarcados por planos también muy cerrados; ambientación nocturna y luminosidad baja; tonos de voz bajos, acorde a la solemnidad del dialogo y narración. Ésta es la parte de la película que contextualiza la historia, aunque no da idea de lo que el espectador va a ver después.

 

El desarrollo de personajes no está muy trabajado; al director le basta con hacerlos simpáticos para que al espectador le importe su destino en el clímax de la película. Al ser una película de género, juega con estereotipos y personajes planos, pero por ello resultan reconocibles y entrañables. Casi todos los personajes podrían también formar la cuadrilla de un western o una película de acción cualquiera. El antagonista Naritsugu es tan monstruoso que el contraste moral se produce entre los propios miembros del grupo principal: el hombre honorable que hace lo que debe hacer frente al que perdió el honor e intenta recuperarlo, el joven inexperto en su primera batalla frente al experimentado maestro, quizá en su última, todos unidos en un mismo propósito, lo que hace que el espectador se involucre también en él. La deshumanización del «malo» viene equilibrada por su mano derecha Hanbei, el viejo conocido del protagonista y quizá el personaje más interesante de la película. A las audiencias occidentales puede resultarles curiosa la total ausencia de personajes femeninos de importancia, así como la «esperable» subtrama romántica, pero esto es típico del cine de guerreros oriental, donde los lazos del honor y la lealtad entre hombres son el foco principal.

 

Aunque la película muestra escenas extremadamente crudas de gran impacto (memorable la aparición de la primera víctima de Naritsugu, amputada de pies, manos y lengua), algo típico de Miike, es también una de sus películas más limpias, con una puesta en escena bastante clásica (quizá por estar «remaqueando» un clásico del cine nacional japonés) y con toques de humor inocente sorprendentemente frecuentes, especialmente característicos de dos personajes: un rōnin que lo ha perdido todo, lleno de filosofía del disfrute de la vida y despreocupado, y Koyata, un chico de la montaña de modales desconcertantes por ingenuos y con más de una sorpresa.

 

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Es una pena que la película no conceda a su audiencia más momentos con los personajes, pues así el final pierde un poco de su impacto, al no estar tan apegada a ellos. Lo más desconcertante es el escaso desarrollo de Shinrokuro, el sobrino del personaje principal, que podría considerarse el co-protagonista, y cuya historia quizá sea la más típica (un joven aficionado al juego y a la juerga mientras en casa una mujer que le ama le espera, que ve en la misión la forma de volver a dar sentido a su vida), pero por ello parece que quiere provocar la identificación del espectador.

 

Por otra parte, y esto lo hace muy bien, esta parte de desarrollo de personajes en la película será decisiva para la efectividad de la tercera, creando expectación en la audiencia por lo que se avecina, y para ello dilata mucho el tiempo y emplea una música animada y ambientes luminosos.

 

Cabe destacar que, aunque los diálogos no estén muy trabajados, y la historia sea simple (aunque efectiva), es muy fiel a la estética de la época: peinados poco atractivos para hoy en día, pero fieles para un espadachín japonés de entonces, un vestuario poco fantasioso y muy funcional que resulta curioso para una película de tal presupuesto y plantel, localizaciones no sólo preciosas sino muy conseguidas de la época, con interiores sencillos y sobrios y un destacado decorado exterior en la escena de la pelea final, donde la escenografía juega un papel muy importante en las coreografías y en aportar espectacularidad y movimientos, trampas y explosiones, y mucha variedad de escenarios para la acción; e incluso, notablemente, las peleas, respetando disciplinas auténticas de lucha con katana, y movimientos realistas, lejos de exageradas acrobacias o cámara lenta.

 

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El desenlace final es un festival sangriento donde se puede encontrar tanto momentos triunfales como trágicos; la música, siempre épica y en cierto sentido marcial, sube acorde a los momentos de la película. Hacia el final la moraleja se diluye de una forma muy asiática, donde grabar a fuego el «mensaje» no es el objetivo principal; y a pesar de la violenta masacre, finalmente la película queda como una observación de la devastación de la guerra, pero contrastada con la necesidad de la lucha para hacer frente al «mal», una ambivalencia muy oriental; mirad al final de la peli, pues hay un simpático guiño a la vida y la naturaleza también muy típico del cine asiático. En está parte predomina el color rojo y la madera, el montaje es muy rápido, y las imágenes muy crudas.

 

Es destacable la duración de la batalla final, 45 minutos de acción ininterrumpida, y admirable la claridad de la imagen, cada vez más rara en batallas cinematográficas; en esta película, el espectador controla en todo momento quién está luchando contra quién, cómo se mueven, y lo que pasa alrededor. La puesta en escena es espectacular, un pueblo lleno de trampas que recuerda a un laberinto de ratones, teñido de rojo y bordeando en lo estrambótico y exagerado… ¿pero no es eso lo que ha ido a ver su audiencia?

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