Cena de amigos: El undécimo comensal

«En las cenas y en el trabajo todos fingimos estar bien«.

Esta frase, pronunciada por el personaje de Sarah Mattei (Emmanuelle Seigner), es el pilar central de la cuarta película que dirige Danièle Thompson, siendo las otras tres Patio de butacas, Jet Lag y Cena de Navidad y continuando con su buen hacer a la hora de mezclar la comedia, el drama y el romance.

En Cena de amigos Thompson nos presenta a diez personas reunidas en torno a una mesa y cuyas historias se entrecruzan y confluyen alrededor de la pareja formada por ML y Piotr (Karin Viard y Dany Boon respectivamente).

 

Cena de amigosLos protagonistas organizan una cena para celebrar el fin de las obras de la nueva cocina de la pareja. Un hecho tan simple en apariencia encierra mucho más significado del que podría parecer. Pronto descubrimos que Piotr no es tan feliz como debería, que ML es más que amiga de Jean-Louis (el diseñador que les montó la cocina), y que los invitados, por su parte, también tienen sus propios dilemas existenciales. Así, la cena de amigos se convierte para el espectador en una reunión de personas desgraciadas que ríen y conversan alegremente sobre temas intrascendentes, pero sólo falta una pequeña chista, una frase mal elegida, para que la farsa se desmorone y todos los demás atisben el dolor de cada uno.

Cena de amigos es, pues, una película muy al gusto francés. Construida alrededor de brillantes diálogos que nunca tienen una sola lectura y adornada con unas interpretaciones muy creíbles, hasta el punto de convertir al espectador en el undécimo comensal.

Otro enorme acierto de Thompson se encuentra en la manera de contar la historia. La película comienza un 21 de junio, horas antes de la cena, de la que cuenta unos cuantos detalles antes de saltar al 21 de junio del siguiente año. El motivo del salto es que todos veamos cuánto ha cambiado la vida de cada uno de los comensales en un sólo año, para después, por medio de regresos a la primera cena, explicarnos el motivo de cada cambio y sus consecuencias. De tal forma que quien se sentía desgraciado un año, quizás al año siguiente no lo sea, quien odiaba tal vez ame o quien amaba deje de hacerlo al final.

Cena de amigosLos actores:

Punto fuerte y punto débil de la película. Fuerte por la buena selección y el buen hacer de los mismos, con quizás la excepción de Blanca Li, que no llega a convencerme de las emociones que su personaje (Manuela) siente. Pero también débil por lo extenso del reparto y la necesidad de contar la historia de los diez «amigos», once si contamos con el padre de ML, que no participa en la cena pero sí en la historia. Llega un momento en que la cantidad de historias a las que hay que prestar atención es demasiado grande y el espectador queda algo aturdido con tanto lío.

Quiero destacar dos papeles, los de Patrick Chesnais (Erwann) y Pierre Arditi (Henri). Ambos representan al amigo-pareja de Juliette (Marina Hands), hermana de ML y al padre de ML y Juliette. Eso sí, sin saber cada uno de la existencia del otro. Sus apariciones no son las más determinantes de la película, pero sí las más cómicas y las más tiernas. Todo ello aderezado con una expresividad tal que no precisan apenas de frases para dejar claros sus pensamientos y sensaciones. Un aplauso para los dos.

La música:

No puedo hablar de esta película sin mencionar la música. El 21 de junio es en toda Europa el día internacional de la música. La banda sonora del filme es en un setenta y cinco por ciento música urbana perteneciente a las actuaciones de los grupos que ese día (y el día del año siguiente) tocan para celebrarlo. Con ello las calles ofrecen una banda sonora de lo más variado para la vida de cada uno de los personajes, como en la vida real.

En resumen:

Uno sale del cine alegre al ver esta película, que nos da una lección de relativismo aplicado a los problemas de cada uno, que nunca son tan graves como pueda parecernos, ni tan eternos.

Merece la pena la oportunidad que queráis darle.

Cena de amigos

Acerca de RJ Prous

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En la soledad de mi beca Séneca en Zaragoza aprendí a amar el cine mierder. Volví a Madrid para deambular por millones de salas y pases de películas para finalmente acabar trabajando con aviones. Amante del cine y de sus butacas, también leo muchos cómics y, a veces, hasta sé de lo que hablo.

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