Aquí y Allá

Aquí y allá: No apta para todos los públicos

Antonio Méndez Esparza llegó al Festival de Cannes pisando fuerte. Su ópera prima se alzó con el premio de la Semana de la Crítica y todos los focos se volvieron hacia él. Meses después, su película se estrena en algunas carteleras de nuestro país. Parece que la acogida está siendo dispar, y no es para menos.

 

Aquí y allá es una visión tan cierta como pausada de una tragedia silenciosa. Emigración es esperanza y valentía, quizá progreso; pero también arrastra consigo sacrificio y dolor. Huyendo de historias ya narradas, Esparza sitúa la acción en un contexto poco explotado: la vuelta a casa. Es solo en el hogar, en el punto de partida, donde se aprecian los efectos devastadores de un largo viaje, dañino pero inevitable. Aunque quizá hablar de acción no sea lo más acertado en esta ocasión.

 

Aquí y Allá

 

Pasito a pasito, con buena letra, el director va reconstruyendo la vida anterior de Pedro De los Santos a través de paisajes, charlas y miradas. Y lo rodea de un plantel semiprofesional al que hay que reconocerle un gran mérito: impregna a la película de una naturalidad pasmosa. Se respira realismo a través de sus diálogos y nos los creemos como humildes habitantes. Cada plano arrastra consigo la losa de una existencia difícil, en la que los pequeños detalles lo significan todo y representan el anhelo de una vida mejor. Planos, todo sea dicho, cuidados al detalle, casi siempre fijos y con predilección por el general, acorde al ritmo calmoso con el que transcurren los acontecimientos y que sobrepasará el límite de la paciencia de más de uno.

 

Y es que es digna de elogio la naturalidad con la que Esparza asume el planteamiento y la puesta en escena, pero no tanto la ejecución, excesivamente sosegada. El madrileño se muestra demasiado exigente en su cometido y se olvida de dar alguna concesión al espectador. Incluso al más complaciente se le pasará por la cabeza la tentación de imprimir el doble de velocidad a alguna escena. La contemplación se antoja como un elemento obligatorio para que Esparza exponga su visión particular, pero desemboca en un empacho de (cruda) realidad.


A veces, el silencio es un arma de doble filo.


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