Mi primera boda

Mi primera boda: Enredos británicos a la argentina

Como bien se ha encargado de explotar la industria cinematográfica española, la familia es el primer referente a la hora de crear comedia. Los enredos están servidos cuando se tiene un abuelo disparatado, padres que no se soportan, amigos que se interponen desde el cariño, primos serviciales y demás retratos de un cuadro que todos y cada uno de nosotros podríamos pintar si quisiéramos encerrar a nuestra estirpe en un lienzo.

 

Las excusas para que esta multiplicidad de personajes tenga cabida, sin embargo, no son tantas como se podría desea. ¿En qué tipo de encuentros se reúnen todos y cada uno de los miembros de una familia? Las opciones se pueden contar con los dedos de una mano a la que le hayan amputado dos de ellos: bodas (englobando aquí bautizos y comuniones, menos vistosas en el cine), funerales y cumpleaños. Sin duda, quienes mejor han sabido sacar jugo a este tipo de películas han sido los británicos ya que su inconfundible sentido del humor cargado de ironía le viene como anillo al dedo a este tipo de congregaciones.

 

Así pues, en la línea de títulos como Un funeral de muerte (Frank Oz, 2007) llega a las salas españolas Mi primera boda, segunda película del director argentino Ariel Winograd en la que a lo largo de 102 minutos conocemos las desventuras de Adrián y Leo, una pareja de novios en el día de su boda. Y de todos los invitados a tal evento. El lío que engorrone lo que debería ser un día perfecto es lo de menos, pues lo que de verdad quiere contar el autor es una buena retahíla de situaciones alocadas donde los referentes queden más que claros.

 

Natalia Oreiro y Daniel Hendler en Mi primera boda

 

El primer acto de la función resulta prometedor. Ambos protagonistas cuentan directamente a cámara qué es lo que ha ocurrido (el metraje nos cuenta cómo) no sin buenas dosis de sarcasmo y humor cien por cien argentino. Sin embargo, el cauce por el que transcurre todo ya ha sido transitado por tantos otros lo que hace que la predecibilidad aumente mientras que la mala leche humorística disminuya. Y eso es lo que se echa de menos, pues muchas de las escenas ideadas por Winograd recuerdan con salvedades a filmes como Los padres de ella (Jay Roach, 2000) pero si Ben Stiller conseguía dar pena al respetable era (amén de su cara de pánfilo) porque las desgracias ascendían imparablemente. El intento aquí es parecido pero el resultado, falto de originalidad y orden en el montaje, no tiene ninguna semejanza.

 

Aunque no todo es culpa de un guión que se desinfla; Daniel Hendler, el protagonista, además de amigo del realizador es un tipo con una cara con la palabra perdedor escrita en la frente (de los buenos) pero le falta el aplomo indispensable para soportar el peso del largometraje. Un caso similar, si se permite, al de Jason Segel: locuaz secundario, protagonista plomizo. A su lado tiene a la actriz uruguaya Natalia Oreiro. Conocida años atrás en España por algún que otro tema musical de dudoso gusto predispone a pensar que será una cara bonita y poco más pero indagar en su filmografía es encontrar a una actriz con fundamentos y toque para la comedia. Como galán trasnochado aparece también un Imanol Arias en un papel que ni él mismo parece entender. Del coral reparto merece la pena destacar la aparición de dos Luthiers, Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich, quienes dialogan de igual manera que sobre las tablas pero con menor gracia.

 

Una comedia muy encaminada hacia un género demasiado hermético como para que cualquiera pueda triunfar en él. Sin embargo, la primera media hora de función bien merece un visionado.

 

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