Jim Caviezel: «La fe me ha ayudado a interpretar mis papeles»

 

Jim CaviezelÉrase una vez una persona, un actor comprometido y un firme creyente que da imagen a una mirada que traspasa mundos. Un rostro que refleja su doble vida: la mundana y la divina. Ese hombre que recibió el nombre Jim Caviezel (James Patrick Caviezel) hace 42 años, presenta La verdad de Soraya M. Película que se centra en la forma de vida musulmana, la mujer y sus posibilidades dentro de una comunidad que se basa en los criterios de la sharía, que rige la moral y la conducta dando cuerpo al Derecho islámico. El hombre es poder, la mujer sumisión. Tanto es así, que la mujer debe demostrar la inocencia si un hombre le acusa; y ella -además- está obligada de probar la culpabilidad si denuncia a un hombre. Jim alucina con esta interpretación: «Es tan ridículo; es como si dos y dos son cinco. Es tan estúpido. Es sorprendente lo que haría una persona cuando está oprimida. En estas situaciones hay quienes se levantan y luchan; y otros que se quedan vulnerables a lo que manden hacer» -en relación al rol que Zahra (Shohreh Aghdashloo) representa-. El tema se transporta a través de un hecho muy actual: la lapidación, que «puede ser la peor forma de morir por el dolor que se siente. Porque son horas de sufrimiento y una demostración de mucho odio. Es para que las personas te vean sufriendo«. Son cosas que Caviezel «aún no comprende» y que «no» quisiera ver. Si hoy en día Sakineh Ashtiani está a punto de ser ejecutada siguiendo la forma que esta interpretación religiosa recoge, ya hace tiempo que el cine resaltó la violación constante de los derechos humanos. Una lástima que en Irán no se pueda ver esta película. «No habría que preocuparse por el mañana» dijo Jim insinuando a la muerte por tan sólo ejecutar la libertad básica en occidente.

Fuera de su interpretación en La verdad de Soraya M., que es más testimonial que efectiva aunque recuerda al mismísimo Jeff Bridges -todo un honor-, nos vuelve a ser grato el ver en pantalla a este estadounidense cuyas raíces familiares se forjaron entre la fría Suiza y las maltrechas Irlanda y Eslovaquia. Con paso firme, y reconocido, en la cristiandad, tomó un camino marcado por una religiosidad imperante que le ha permitido y «ayudado» a protagonizar papeles cuya esencia radica en la concepción de los preceptos de ambos mundos conjugados: No hay más que ver su papel de Witt en La degalda línea roja (1998). Entre los acordes de Hans Zimmer y los gritos de Nick Nolte para tomar una colina se deja ver esa reflexión de lo no mundano, de los objetivos engrandecedores de una nación que oprime a pueblos llenos de vida, de alegría conforme con lo estipulado. En esta película con careta bélica se hizo un nombre. En La pasión de Cristo (2005) se convirtió en una referencia.

Jim CaviezelEntre medias, siete años en los que no ha dejado de relacionar lo real con lo onírico. Años en los que sus personajes siempre perdían lo que luego tratarían de recuperar. Desde su interpretación obsesiva en Cabalgando con el diablo (1999) – título que sorprende positivamente-, pasando por la creación de una nueva necesidad en Frenquency (2000), en la que se solapan dos mundos: el de una infancia pasada en la que perdió a su padre bombero (Dennis Quaid), y un presente sin él que da la oportunidad, a través de un nebulosas electromagnética, de juntarse y transformar los sucesos que traumaron su vida actual. Otro juego psicológico en el que Caviezel se mueve con soltura y maestría. Cadena de favores, Mirada de ángel o El conde de Montecristo surcaron su carrera sembrando lo que sería el fin del anonimato general: La pasión de Cristo. Aquí dio vida a un Jesucristo en el que se contaba, con bastante detalle, el sufrimiento aparente que le infringieron los judíos y romanos antes de llegar a la cruz y resucitar. Todo en hebreo, arameo y latín, un ejemplo de la adaptación y el trabajo sacrificado al que Jim Caviezel se somete en cada uno de sus papeles. Mucha polémica brotó, sobre todo por parte de las comunidades judías, por la crudeza bien representada por otro católico reconocido que anda ahora por los callejones más oscuros y tenebrosos de su carrera: Mel Gibson, que ha sido denunciado, y él lo ha reconocido, por malos tratos a su pareja. Con todo este currículum, Caviezel ve claro que «el Estado persigue hoy en día a la Iglesia, que a su vez mantiene una confusa batalla con la ciencia«.

 

Jim CaviezelLuego un papel con el afamado Tony Scott en Deja Vú. Más trabajo en Mentes en blanco y Outlander, para acabar con película que mezcla dos de sus pasiones: actuación y religión. En La verdad de Soraya M. se muestra una sharía viciada que anda por los lugares de la cristiandad del siglo XIV. «El mulá no es realmente un mulá. Es un impostor. Se aprovecha de la situación. Se ve en el libro. No habría pasado lo mismo si hubiera sido un verdadero mulá» dice Caviezel explayándose en resaltar su visión sobre la verdad, con un capotazo a favor de cualquier creencia que sea «sincera«; mientras, da vueltas en la silla mirando al cielo. En La verdad de Soraya M. ambos mundos (religioso y político) se sustentan apoyándose en mentiras variadas para mantener una hegemonía que con el tiempo han ido perdiendo.

Y la verdad es que el tiempo es corto, como lo bueno, como el oro, y estar con este pedazo de actor comprometido es limitado, pero suficiente. ¿No les parece extraño que su estrella venga a promocionarla después de tanto tiempo? Será porque es bien sencillo y le importa más el qué se dice que la propia interpretación, o porque Hollywood nunca le «brindó lo necesario para ser un buen actor«. Así nos aseguró que «allí te dicen qué tienes que hacer, y ya está. Es una parodia«. Y puntualizó que «hay que hacer lo que te manden y rehuso de hacerlo porque hay otras cosas más intensas que aprender. Es una cultura cómica que va en contra de los principios con lo que me crié«. Lo claro es que nunca es tarde para hablar de estos temas que no mueren y siguen perpetrando una imagen negra de lo que es una religión y una sociedad que sería compleja de vivir para una concepción occidental. Un conflicto infinito al que Jim Caviezel califica como «la eterna lucha entre ciencia e iglesia. Primero vinieron a atacar a los comunistas, luego a por los judíos, luego a por los católicos, y ahora los musulmanes«. Lo evidente ante esta declaración es que todo continuará, sólo que con actores distintos, porque «las personas hacen el bien y el mal por igual«.

 

Fotos: MANU BLANCO

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