La Verdad de Soraya M: Piedras que aún golpean el presente o El triste futuro de Sakineh Ashtianí

TitularLa verdad de Soraya M. es una adaptación de la novela de Freidoune Sahebjam que llega a nuestras pantallas con dos años de retraso, pero con la temática en pleno punto mediático con la posible -y casi segura- lapidación de Sakineh Ashtianí por supuesto adulterio y asesinato en Irán. Producida en Estados Unidos -en Irán sería un quimera y un delito el hacerlo-, está protagonizada por Shohreh Aghdashloo en un magnífico papel que tuvo como premio una nominación al Oscar. No es de extrañar que esta actriz tan bella nos deleite con su sufrida cara; ya lo hizo, y también fue nominada por Hollywood, en Casa de arena y niebla, en la que era la esposa de un ex militar iraní que, por el cambio político, debía emigrar a Estados Unidos. El sueño americano es el propio conflicto: una casa por la que Ben Kingsley desquiciará su vida hasta el más allá con el apoyo de Shohreh. El otro actor con reconocimiento mundial, y ya habituado a la divina comprensión, es Jim Caviezel, cuyo breve papel de periodista franco-iraní dota a la cinta del reclamo internacional.

La película, basada en hechos reales que Irán no reconoce, se sumerge en la situación femenina dentro de ciertas comunidades musulmanas -no todas interpretan igual la ley de Dios-. Una sociedad donde el hombre tiene el poder absoluto a través de una sharía que queda en entredicho por quién la aplica: Un mulá que no es tal por su forma de actuar y por el pasado. Un poder político supeditado al religioso. Y una Guardia Revolucionaria que hace y deshace por sus influencias con el poder central. Así se estructura La verdad de Soraya M., cuyo punto de partida es la llegada fortuíta a Kapuyeh, Irán, de Freidoune (Jim Caviezel), un periodista al que Zahra (Shohrer Aghdashloo) cuenta la triste historia de la lapidación de Soraya (Mozhan Marnò). Una injusta realidad que no se suele contar por la represalia: la muerte o el encarcelamiento. Con todo ésto, La verdad de Soraya M. es una clara crítica a la trasparencia informativa de una sociedad atormentada por el terror que lo religioso y lo corrupto imponen, y, tal vez, por una la mala interpretación de unos textos que bien se podrían considerar arcaícos.

TitularOtra nueva pieza tardía del rompecabezas que es nuestra sociedad, en este caso la musulmana. Átomos aislados e inconexos que ven en Occidente sus escasas posibilidades de salvación. En La verdad de Soraya M. la ayuda toma la cara a través Jim Caviezel, que se muestra fiel a su profesión, y por relación a la sociedad. Un símil cooperativo que reclama más esfuerzos para enterrar las injusticias que sufren las mujeres en esa realidad sin benefecios para ellas, pero sí con muchas obigaciones. El que ellas deban consentir el adulterio, o que tengan que demostrar su inocencia ante una acusación, son ejemplos claros y verídicos de ante qué se enfrentan. En esta muestra social Zahra se convierte en un oasis en mitad del desierto. Una esperanza revolucionaria ante lo habitual. Una palabra en un mundo mudo por el temor infundado.

Una película que cuenta más de lo habitual en este tipo de cintas. Menor cantidad de bellos planos y más información (normalmente este cine se centra en alargar las secuencias cuidando mucho la fotografía). Aquí van al grano y se ahorran las ricas florituras que describen sus paisajes y que reflejan la dura orografía con la que conviven. Después de Mujeres de El Cairo, que se estrenó en España a principios de verano, nos llega La Verdad de Soraya M., bien dirigida por Cyrus Nowrasteh, y que se erige como otra apuesta arriegada que tendrá su público, de nuevo, en la versión original. Un tirón de orejas para las salas de lo comercial, que como tales sólo buscan el beneficio, y que dejan de exponer al público estos retazos siempre decentes de nuestros amigos del otro mundo.

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