El gran Gatsby

El Gran Gatsby: Un clásico atropellado

Quienes saben de literatura proclaman que la escritura de F. Scott Fitzgerald, y más aún su novela más famosa El gran Gatsby (1925), es oscura, seca y asertiva pero a la vez emocional, transgresora y poética. No es la primera ni será la última vez que se lleve a la pantalla un clásico escrito por uno de los pioneros de la escritura desencantada. Pero puede que sea la que, de forma simultánea, más se aleje del mensaje original y mejor lo ejemplifique.

 

Intencionada o encontrada con el estupendo envejecimiento de su obra, la mayor necesidad de Fitzgerald como voz de la generación perdida era criticar con aplomo, aún siendo él parte de ello, la opulencia y el desenfreno del american way of life, que durante los años veinte (momento en el cual el autor vivió la época más laboriosa de su carrera) encontró su apogeo. En la película se puede encontrar un delirante prólogo de media hora en el que a través de Nick Carraway (Tobey Maguire) se presenta con acierto una sociedad en la que todo el mundo buscaba la riqueza a cualquier precio y los millonarios no comprendían de ahorros. Pero quizá el mayor logro de este primer acto lo constituya la fabulosa silueta que se dibuja en la figura del misterioso Gatsby. De hecho, lo más elogiable de la versión de Luhrman es el mimo con el que prepara la presentación del personaje central.

 

El director de Romeo + Julieta (1996) siempre ha gustado de exhibirse (cameo incluido), dejar su grandilocuente sello y, permítase el cliché, no dejar a nadie indiferente. Es difícil encontrar algo positivo en sus historias si quien lo está recibiendo disfruta con los personajes mundanos, las tramas sencillas y la pausa como método de florecimiento de la trama. Luhrman tiene claro que el dinero está para gastarlo, no comprende lo que significa el derroche mal entendido, la fanfarronería y, lo que es peor, el horterismo elevado a la máxima potencia. Así como esos primeros minutos significan la magnificación de quien es la pieza central de la función, también ejemplifica con exactitud los inamovibles vicios del cineasta australiano. Si para dejar a quiénes sí le adoran con la boca abierta tiene que olvidarse de narrar con elegancia e intentar ser sutil, lo hace y se acabó.

 

El gran Gatsby

 

Y ahí es donde, olvidándose de la sobria precisión de Fitzgerald y dejándose llevar por su hercúleo músculo cinematográfico, se erige a sí mismo como una extensión del protagonista de la novela. Jay Gatsby supone el no va más en cuanto a despilfarro inconsciente (muy bien revestido por la trama romántica) y el deseo de poder frente a cualquier virtud; el realizador toma estas directrices vitales para hacer lo propio con su poder de decisión en la filmación de un largometraje. Fiestas alocadas con mezcolanzas musicales imposibles (que por algo Jay Z es productor de la cinta), localizaciones sobredimensionadas, tragedias épicas, amores imposibles, ostentación en cada fotograma, hasta copia en 3d. La falta de mesura es encomiable o detestable – en la variedad está el gusto -, pero, sin duda, intencionadamente palpable.

 

Y en medio de ese festivalero espectáculo se encuentra un cuarteto protagonista en el que quien mejor sale parado es quien menos estrella le reporta al cartel: el cada vez más conocido Joel Edgerton insufla con su sola presencia de ese carácter tan clásico a la par que canalla al antagonista. Tobey Maguire es quien lleva todo el peso del argumento, su aspecto juvenil y el rostro pánfilo ayudan a aportarle a Carraway esa falta de personalidad que le llevan a estar en todo momento en el centro del huracán sin saberlo; el problema llega cuando su personaje está atormentado, su falta de credibilidad hunde su trabajo de la misma manera que su interpretación tiraba por la borda toda una franquicia cuando Peter Parker tornaba oscuro en la tercera entrega del hombre araña. Carey Mulligan se ganó el favor de todos cuando se dio a conocer con la excelente An Education (Lone Scherfig, 2009) pero su encasillamiento como damisela en apuros con la lágrima a flor de piel no ayuda en el papel de Daisy Buchanan, una mujer que lo supone todo para dos hombres en lucha por ella.

 

Leonardo DiCaprio en El gran Gatsby

 

DiCaprio, gracias a los años, ha conseguido emerger como unos de los mejores actores en activo y hacer suyo cada personaje que aborda. Gatsby quizá sea uno de los más jugosos para todo actor con ínfulas de playboy que se precie, y, al menos durante los tres primeros actos Leo deja la imagen imborrable de que está escrito para él. Llegada la locura, ese Gatsby es tan Hoover, Candie o Hughes que, en cierta manera, aleja la encomiable labor inicial.

 

Una revisión entendida por su artífice como una prolongación con la que disfrutarán quienes gusten del cegador brillo de la pomposidad pero detestarán aquellos quienes elogien la elocuente capacidad de estudio del original.

 

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