El Impostor

El Impostor: Más extraño que la realidad

Aprovechando el tirón que ha tenido el que hasta el momento supone el gran descubrimiento cinematográfico del año, Searching for sugar man (Malik Bendejlloul, 2012), ahora se presenta en el panorama ibérico El impostor, del que además es responsable el equipo no solo del sleeper sobre el cantante de Detroit, si no de otro de los grandes documentales de los últimos años, Man on wire (James Marsh, 2008).

 

En esta ocasión la historia es más potente si cabe que las dos anteriores. Sin ánimo de desvelar a nadie las sorpresas que guarda este apabullante filme, cuenta la increíble vida de Frederic Bourdin, un joven francés que se hizo pasar por menor para de esa manera tener hueco en un centro de acogida situado en España. Como la situación no era precisamente fácil, ya sea por maña personal, por incapacidad burocrática o simple suerte, el protagonista acaba en una familia de clase media de la América profunda haciendo creer a los integrantes de dicha prole que él es un hijo que desapareció años atrás y del que no volvieron a saber nada. El problema reside en las obvias diferencias entre uno y otro, empezando por el físico y terminando por el marcado acento francés del inglés que sale de los labios de Frederic.

 

Si alguien decide ir a ver el documental tras leer algo sobre él pensará que no le guarda ningún aditivo y que si tan bueno es debe ser por el lenguaje narrativo, la belleza de las imágenes o el simple morbo. Pues ni mucho menos es así. Las cartas se descubren en los diez primeros minutos de metraje. De forma clara y precisa se nos presentan a los personajes que conforman la historia y, siguiendo las normas no escritas de los documentalistas más profesionales, se guarda la tentación de posicionarse sin por ello dejar de llevar un curso invisible por el que guiar al espectador. De tal manera se dan a conocer los hechos que resulta imposible alejar de la mente la idea del engaño publicitario, del puro marketing, como ya sucediera con distintos ejemplos fílmicos a lo largo de los años siendo, quizá, El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) uno de los más sonados.

 

El Impostor

 

Sin embargo, ahí está toda la documentación periodística posible en la red. El caso fue sonado en EEUU y Francia y varias televisiones se hicieron eco de la farsa por lo que no es difícil encontrar base verídica con la que confirmar que lo que se cuenta en pantalla es cien por cien real. Claro que eso no es acicate para que, en busca de la espectacularidad y la sorpresa, los datos se nos presenten en el orden más óptimo conforme a ese fin. A través de las declaraciones de la familia y el propio Bourdin y con el apoyo de unas recreaciones bien filmadas y quizá necesarias pero que sin duda distraen más que ayudar, se crea un camino en el que la identificación con cualquiera de las partes es instantánea a la par que complicada de asimilar. El carisma del impostor es tal que consigue casi hacer creer que de verdad es Nicholas Barclay (el niño desaparecido). La familia, por su lado, se abstiene de narrar lo ocurrido con odio o rabia, solo encontramos en ella el dolor que se le presupone a alguien que ha vivido algo por el estilo.

 

Y todo ello es obra y gracia del autor de la película, Bart Layton. Este inglés educado profesionalmente con documentales para televisión debuta en el largometraje sabiendo ya cómo elegir una buena historia y cómo convertirla en un thriller ordenando las piezas del puzzle de la manera más hichtcockiana posible. En la actualidad es harto difícil encontrar un filme con el que, gracias a un estupendo punto de giro en el que el guionista haya estado especialmente hábil, se nos arrebate el aliento y las uñas se queden de muestra en la butaca. Layton lo consigue con la maravillosa labor de montaje que ha realizado y el equilibrio perfecto encontrado entre la fina línea que separa realidad y ficción, verdad y mentira, expectativa y resultado.

 

Desde Capturing the Friedmans (Andrew Jarecki, 2003) ningún documental ha jugado de esta manera tan placentera con el espectador como El impostor. Un ejercicio narrativo más extraño que la realidad y más vivo que la ficción.

 

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