El Lado Bueno de las Cosas

El Lado Bueno de las Cosas: Siempre positivo

El multiforme director David O. Russell vuelve a su tono tragicómico favorito después de golpearnos con The Fighter (2010) por la que le llovieron halagos, nominaciones y premios.

 

Con una premisa más sencilla nos presenta la historia de Pat, un hombre normal que de la noche a la mañana descubre que tiene un trastorno de la personalidad que le ha llevado a ingresar en una institución. La vuelta a casa de sus padres, la aparición de nuevas amistades así como el encuentro con las antiguas conforman lo que representa su intento por volver a la vida normal que antes disfrutaba.

 

Bradley Cooper en El Lado Bueno de las Cosas

 

El pulso elegido por Russell para contarnos los devenires de Pat es un tanto difuso. El arranque desconcierta con un duro intento de relato intimista sobre los acontecimientos vividos por el protagonista que le han llevado a la situación actual y así introducir al personaje. A medida que va avanzando la película, la pretendida seriedad salpicada con instantes de mágico humor (gracias casi todos ellos a un estupendo Chris Tucker), muta hacia un espectáculo más centrado en la atracción del optimismo que nace dela amistad surgida de manera incipiente entre el personaje interpretado por Bradley Cooper y Tiffany. Esta relación parece poco probable desde un primer momento, si bien es el verdadero atractivo de la película.

 

El director se aleja de la elegancia premeditada del cine independiente y toma posición en un riguroso plano romántico sin llegar a convertirlo en amor empalagoso. Pues se nos muestra el nacimiento de una amistad obligada, con requisitos, peticiones y devaneos pero sin la pulsión sexual que premedita las situaciones. El apoyo que se brindan él a ella y viceversa supone el lirismo que pinta de madurez todo un largometraje que de otra manera se vería abocado a la larga lista de productos románticos, machacones y faltos de originalidad.

 

Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en El Lado Bueno de las Cosas

 

El libreto está fundamentado en dos relaciones básicas. Por un lado la mencionada amistad/amor surgida entre ambos protagonistas con la que Russell se propone demostrar el perfecto conocimiento del lenguaje visual que posee. Sin embargo, donde se deja ver como un estupendo guionista es en la dinámica padre/hijo que establece entre los personajes de Cooper y De Niro. Al modo en que lo hiciera Aronofsky con el mundo de las adicciones (tanto permisibles como intolerables) en Requiem por un sueño (2000), aquí los trastornos propulsados por las supersticiones, los accesos de locura o el simple estrés son contextualizados con majestuosidad narrativa brindando un buen puñado de escenas con las que los intérpretes pueden lucirse.

 

Por disparatadas, algunas secuencias se convierten en una distorsión que intenta nutrir al universo de la película de veracidad pero que confía demasiado en el provechoso destino para colar el punto de giro. A las claras, el momento cumbre en el que aparece el Pat que nadie quiere está pasado de rosca y, aunque hace emerger el acto final, es tan azaroso como infortunado.

 

Pero los disparates son los menos y los más los ingeniosos gags y las secuencias donde los actores deben sacarle jugo a la tinta escrita. Como en esa perfecta escena que precede al indeseable final, donde las dotes discotequeras de Cooper y Lawrence sacuden admirable vergüenza ajena.

 

Robert De Niro en El Lado Bueno de las Cosas

 

Los personajes no son precisamente regalos para los intérpretes pues adolecen de la carga dramática exagerada que facilitan el trabajo. Como bien decía el deslumbrante personaje de Robert Downey Jr. en Tropic Thunder (Ben Stiller, 2008) si se quiere ganar un premio importante por un papel de disminuido, debe haber algo de especial en la minusvalía, pues si el retraso es completo no hay premio. Aquí ocurre lo opuesto, la locura que le brindó la nominación a Brad Pitt por Doce monos (Terry Gilliam, 1995) era tan completa que las secuencias donde sobreactuar legítimamente rebosaban. A Bradley Cooper se le ha otorgado un papel con el que demostrar el inconmensurable actor que se esconde detrás de las comedias gamberras y los thrillers comodones, pero tan solo en dos escasas escenas le está permitido dar rienda suelta a las agallas interpretativas, el suyo es más un trabajo de contención durante toda la película totalmente merecedor de un Oscar. Jennifer Lawrence, por su parte, con un personaje con menos duración, tarda más en aparecer, su arranque es aletargado y solo cuando la imposición dramática florece sale a relucir una actriz con talento de mirada inquietante. Pero si alguien debe estar agradecido a Russell por este guión (además de Cooper), ese es Robert De Niro. Por fin su agente ha decidido encauzar un poco sus decisiones y animarle a escoger un personaje que poder hacer suyo, con el que sus tics de toda la vida no carezcan de significado y la realidad del personaje se asemeje a la suya propia con facilidad.

 

El lado bueno de las cosas es una de las mejores películas del año con serias opciones de Oscar tanto para largometraje como para sus intérpretes, aunque, por desgracia, la competencia este año es realmente dura.

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