El pan de la guerra

El pan de la guerra: Infancias rotas

El pan de la guerra es una pequeña pero poderosa historia acerca de la lucha de la infancia por sobrevivir en entornos tan hostiles como la Afganistán de los talibanes. Tomm Moore, el director de las maravillas animadas La canción del mar (2014) y El secreto del libro de Kells (2009) arropa como productor a Nora Twomey, quien tras codirigir con Moore aquella fábula medieval de 2009 toma los mandos en solitario para adaptar la obra de Deborah Ellis.

 

Shaista Latif y Saara Chaudry

 

A diferencia de las producciones más conocidas de Cartoon Saloon, en El pan de la guerra el elemento mágico o fantástico queda relegado a un segundo plano a favor de la descripción de una realidad, la de las mujeres y niñas oprimidas en la arcaica y misógina tradición talibán. La protagonista, Parvana, está en contacto con estos elementos fabulosos a través de las historias que le cuenta su padre o que ella misma narra a su círculo más cercano como una forma ya no de evasión (que también), sino de comprensión del terrible mundo en el que les ha tocado vivir. En este sentido, se establece un interesante símil entre la vida de la pequeña protagonista y la aventura en la que ella ejerce de narradora.

 

Noorin Gulamgaus

 

Twoney (a partir del guion de Anita Doron) propone un relato áspero y crudo; no olvida su vocación familiar y procura dejar resquicios a la esperanza, pero no esconde la realidad de las mujeres afganas. El pan de la guerra tiene un fuerte carácter divulgativo, de una enorme pretensión crítica y de denuncia, no solo ante la autoridad dictatorial de los ya citados talibanes, sino de los «imperios» incapaces de dejar su tierra en paz. La presencia de cazas norteamericanos sobrevolando Kabul como tambores de guerra o la referencia al conflicto con los soviéticos de la década de los 80 nos recuerda que todos somos más o menos responsables de la tragedia afgana.

 

Saara Chaudry

 

En su determinación por mostrar el día a día de Parvana para ayudar a su familia (siendo obligada incluso a renunciar a su infancia y su identidad), la directora ahonda en elementos descriptivos y contemplativos, lastrando el dinamismo de la narración en determinados momentos. No termina, pues, de dar con un equilibrio adecuado entre sus ambiciones discursivas y las necesidades de la historia. Aún así, el resultado es notable y la propuesta se revela como muy necesaria para entender el mundo en el que vivimos y luchar por mejorarlo por el bien de las generaciones que vienen.

Acerca de Daniel Lobato

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El padre de todos, pero como a Odín, se me suben constantemente a las barbas. Periodista de vocación cinéfila empecé en deportes (que tiene mucho de película) y ahora dejo semillitas en distintos medios online hablando de cine y cómics. También foteo de cuando en cuando y preparo proyectos audiovisuales.

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