El vendedor

El vendedor: Gélido invierno de soledad

De forma casi inevitable, las historias pequeñas, potenciadas en la narración y ajenas a los golpes de efecto cimentados en el presupuesto, tienen pocas bazas con las que darse a conocer. El cine de autor está marcado por una sensibilidad proveniente del cineasta en cuestión que, en los mejores casos, baña toda la obra y permite convertir la misma en algo bello e interesante.

 

Desde la parte septentrional de Canadá llega El vendedor, donde el debutante Sébastien Pilote construye un relato que concentra todo su potencial en la soberbia actuación de su protagonista, Gilbert Sicotte. La historia se centra en el día a día de un hombre entrado ya en la tercera edad, viudo, padre y abuelo. Ama su profesión, vender coches, tanto como quiere a su pequeña familia. Desde la propia presentación del personaje el fantasma de la jubilación — y con ella el ostracismo — planea sobre la atmósfera de su vida.

 

Parte de la fuerza del filme reside en su emplazamiento. La acción tiene lugar en una región del norte de Canadá donde los inviernos se presumen especialmente gélidos. La atenta mirada de Pilote sobre la población de la decadente localidad, con su fábrica cerrada y trabajadores manifestándose, entronca a la perfección con la maravillosa fotografía de Michel La Veaux, cuya cámara discierne cada copo de nieve de manera única y su necesidad de hacer entender cuán encerrados se hayan los personajes con imágenes trasciende materiales y llega a la platea sin ambages. Aparte de la experiencia que supone visionar la fotografía como elemento individual, dentro de la información narrativa aporta más que cualquier línea de guión por ingeniosa que sea: la ironía que supone la pasión por la profesión del protagonista en un páramo en el que el coche no parece la mejor manera de transportarse está sublimada por la imagen del pueblo que brinda la cámara.

 

Gilbert Sicotte en El vendedor

 

El guión transita con facilidad durante su primera mitad, sin imprimir un ritmo vertiginoso a los acontecimientos pero llevando con soltura los aspectos más plomizos de una narración que tiene pocos atractivos para el espectador más ansioso. Es en el momento del primer clímax cuando, en aras de la sorpresa y el puñetazo más doloroso, las turbulencias adquieren proporciones desorbitadas y aleja la atención del espectador más benévolo. Los hechos suceden de manera plausible pero sin el menor atisbo de originalidad, lo cual no significa necesariamente una minusvalía; sin embargo, obliga al respetable a caer en la lágrima fácil sin trabajarla demasiado.

 

Es imposible no volver a resaltar la figura de Sicotte. El veterano actor, poco conocido en España pero con una larga trayectoria a sus espaldas, debe agradecerle a Pilote el papel que le ha entregado. Y éste a su vez, la interpretación con la que el nivel de la cinta alcanza niveles impensables sin su presencia. Siendo uno de los aspectos clave el miedo a la soledad y la incertidumbre de la vejez, el fabuloso actor regala minutos mágicos donde la galería de emociones que transmite son incontables, todo ello dentro de un uso eficiente de la contención, la ternura paternal y las dotes de vendedor. Da lo mejor de sí cuando su personaje exige salir de la quietud en una escena que rompe con la tónica de la película por lo mal solucionada que está, fallo en el que por otra parte es difícil reparar gracias a la magnética presencia de Sicotte.

 

Pese a la insípida oferta argumental, El vendedor es un filme con gloriosas virtudes inherentes a la magia del cine: una fotografía en movimiento admirable y un protagonista abrazando su máximo potencial.

 

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