Mi vida ahora: La adolescencia en tiempos de guerra

La carrera de ficción del documentalista Kevin MacDonald está marcada por la búsqueda de la diversidad temática. No representa al director anclado en lo que sabe hacer a la perfección para recibir aplausos y sentirse cómodo. Su primer largometraje narrativamente ficticio, El último rey de Escocia (2006) bebía de la realidad para contar la historia del dictador de Uganda Idi Amin; un trabajo por el cual recibió varios premios. Después vendrían La sombra del poder (2009), un thriller político, y en 2011 La legión del águila, contextualizada en el Imperio Romano.

Tras su paso por los festivales de Toronto y Sitges se estrena Mi vida ahora, un drama distópico con la III Guerra Mundial como telón de fondo. La pieza central de la obra es la relación (familiar y amorosa) que mantiene Daisy, una adolescente norteamericana, con sus primos ingleses durante un verano en casa de los últimos. Sintiéndose recluida en la campiña inglesa, estalla la susodicha guerra y su mundo da un vuelco.

Mi vida ahora

Una vez más, MacDonald trata de dar un giro inesperado a su carrera para contar una historia sobre la raza humana, perdida en su ego y destinada a la autodestrucción. El primer tramo del filme intenta personificar en Daisy esa insufrible incapacidad del hombre (y la mujer) para empatizar con sus semejantes. Poco a poco, la protagonista va limando sus asperezas internas y por el camino encuentra el amor. El desarrollo del papel interpretado por Saoirse Ronan es uno de los aciertos del filme: cambia con el paso de los minutos, en su mayoría hacia un lugar común demasiado almibarado, pero, por suerte, guarda algunas sorpresas que hacen de Daisy una joven alejada de los estándares de heroína con valores.

El tono dubitativo del director es un lastre para el avance de la película. Basado en el best-seller homónimo de Meg Rosoff, las expectativas puestas en crear una saga al estilo de Los juegos del hambre suponen un corsé comercial que difumina las aspiraciones apocalípticas del realizador. Ciertas escenas sugieren que MacDonald posee la determinación de rodar con belicosidad y sin miedos; pero al mismo tiempo, la motivación de la protagonista así como la propia relación amorosa descubren una necesidad de resultar más mainstream de lo que al responsable le gustaría. El autor da la impresión de estar sumido en una terrible diatriba: mostrar los agujeros de una sociedad rota o complacer a la censura defensora de la inocencia adolescente.

Las sensaciones que afloran en la butaca del cine sugieren más de lo que el recuerdo post-visionado certifica. La travesía de la heroína parece cargada de emociones encontradas que aceleran su madurez a golpe de dolor, pero la realidad es que, una vez los créditos hacen su aparición, no han ocurrido demasiadas cosas. En ningún momento el entretenimiento decae, con un ritmo que sabe jugar bien sus cartas en una constante promesa de secuencias clave; pero éstas (de haberlas) son una decepción.

Mi vida ahora propone una puesta en escena que recuerda a la maravillosa Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006), pero donde en una había filosofía, crueldad y veracidad, en éste drama juvenil importan más los amoríos adolescentes que la verdadera tragedia de la fealdad humana. Cuando se representa en una pantalla de cine, el amor y la guerra pueden coexistir en pos de una mejor obra.

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