Ninja Turtles: Tortugas de barrio

Michael Bay ha hecho mucho, mucho daño al cine. Sí, su visión de negocio es comparable a la de Steven Spielberg, pero su visión autoral (que ya de por sí no era algo de lo que pudeira vanagloriarse) se ha visto muy tocada (con loables excepciones como Dolor y dinero [2013]). Más después de esperpentos como Transformers: La era de la excepción.

Con tales precedentes las expectativas en torno a esas tortugas ninja auspiciadas por él (recordemos que en unas primeras fases del proyecto se atrevió a proponer que fueran alienígenas), eran bastante escasas. Máxime cuando el director elegido para tal patata caliente, Jonathan Liebesman, alumno aventajado de Bay que cuenta en su filmografía con catástrofes como Ira de titanes (2011). Así, por más que la taquilla les haya dado buenos argumentos y que ya esté en marcha una secuela (prevista para 2016), las previsiones en torno a sus valores fílmicos se han cumplido. Ninja Turtles es un despropósito considerable.

Las Tortugas Ninja

Si bien la dinámica entre las tortugas funciona mejor de lo esperado (transmitiendo al espectador el sentimiento fraternal que las une, o protagonizado divertidas escenas cotidianas entre ellas y Splinter [Astilla, para los veteranos]), la idiotización a la que se ven sometidos parte de los blockbusters familiares contemporáneos, ha llevado a que sus diferentes caracteres se hayan extremado hasta la parodia. Dos son los casos más flagrantes: Donatello (la tortuga con la cinta lila), ha pasado de ser “la lista” en los films de los 90 o en la serie animada de Nickelodeon, a ser una friqui, patosa y con gafas pegadas con celo. Michelangelo (la naranja) por su parte se ha convertido en un anormal en celo, en lugar del gracioso del grupo que suele ser en otras adaptaciones y medios. Parece ser que para los cánones actuales la estupidez tiene gracia.

A lo que voy es que más allá de las semejanzas o diferencias que pueda haber con versiones anteriores (incluida la de 2007), y dejando al margen los sentimientos nostálgicos de las generaciones de los ochenta y primeros noventa, no se puede minusvalorar al público y ofrecerle cualquier cosa pensando que no se va a dar cuenta (aunque atendiendo a sus dos semanas en el número uno norteamericano este verano, cualquiera pensaría que al público le da igual). Menos aún cuando el público objetivo al que va dirigido el producto ya goza de una excelente serie que cuenta con tres temporadas (y sumando) y sabe explorar todo el potencial de sus personajes. Aquí, sin embargo, quién sabe si con el ánimo de llegar al mayor número de minorías norteamericanas (los villanos son orientales), las tortugas hacen suyos los estereotipos de los negros de barrio. Un punto que sí, hasta cierto punto puede tener su encanto, pero solo cuando su pretendida sátira de la cultura popular fuese llevada hasta el final, y no, como así ha sido, verse relegada a unos cuantos guiños o chistes sobre Batman y compañía.

Un guion que hace aguas, con villanos de pandereta carentes de carisma, falta de planos en los momentos más dramáticos, estiradas escenas de acción, o la sensación de que la protagonista es una siempre limitada Megan Fox y no las tortugas que dan título a la película hacen de esta una muy mala inversión de tiempo.

Acerca de Daniel Lobato

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El padre de todos, pero como a Odín, se me suben constantemente a las barbas. Periodista de vocación cinéfila empecé en deportes (que tiene mucho de película) y ahora dejo semillitas en distintos medios online hablando de cine y cómics. También foteo de cuando en cuando y preparo proyectos audiovisuales.

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