RIPD

RIPD: Hombres de negro mortuorios

Ya durante el año pasado pudo comprobarse en las pantallas de todo el mundo que la fórmula que tan bien le funcionó a Barry Sonnenfeld allá por 1997 con Men in Black se le había agotado y el único ingrediente del cóctel que no estaba caduco era un Will Smith que a duras penas conseguía levantar una tercera entrega falta de interés.

 

Movidos por la idea de conseguir una franquicia de similar éxito los responsables de RIPD: Departamento de policía mortal entregan un entretenimiento de ideas calcadas tanto en su planteamiento visual como argumental. En una época que parece ser actual los agentes de la ley que mueren tienen la opción de servir para el cuerpo de policía mortal (como el propio nombre de la película indica) persiguiendo a muertos que no han querido abandonar el mundo y se pasean por las calles con disfraces de seres humanos.

 

Es decir, para conseguir un producto rentable se trata de una simple ecuación. Sustituir alienígenas por muertos deformes pero con la misma facilidad para todos los públicos y mantener el humor blanco que tan bien se le da al señor Smith. Las cartas, por desgracia, se descubren desde el propio trailer del largometraje. No hay nada de malo en intentar encontrar un nuevo camino por el que transitar una historia que por otra parte se ha utilizado en narraciones desde tiempos ancestrales. Mentor y pupilo inician una relación (sea de la índole que se quiera) en el que el primero debe legar sus conocimientos al segundo: el viaje del héroe. Pero por otro lado, son tantas las igualdades entre ambos filmes que no hay manera de despegarse de los hombres de negro.

 

Jeff Bridges y Ryan Reynolds en RIPD

 

Robert Schwentke intenta demostrar por todos los medios que su ingenio visual no tiene límites, que la tecnología 3D puede dar mucho juego y que cuantos más efectos especiales más espectacular resulta todo. Todo queda en bonitas intenciones pero malos resultados. Su poderío visual está demasiado marcado (como ya ocurriera en ciertos tramos de El hombre de acero [Zach Snyder, 2013]) por la estética de los cada vez más cinematográficos videojuegos con el uso del plano subjetivo demasiado estirado, no consigue exprimir las posibilidades que la percepción tridimensional puede ofrecer (pocos cineastas consiguen encontrar una justificación narrativa coherente para introducirla) y por muy profesionales que sean los técnicos de efectos digitales y pintones los resultados no enmascara la indecisión del director a la hora de encontrar un tono adecuado.

 

Jeff Bridges puede comparársele a Tommy Lee Jones, e incluso dependiendo de para quién, le supera con creces en cuanto a talento, compostura y magnetismo se refiere. En esta ocasión su socarronería le viene perfecta al papel de vaquero que gusta de hacer la ley por su cuenta; su rol tiene mayor protagonismo que Jones en aquella y Bridges lo aprovecha, convirtiéndose en lo mejor de la cinta. Sin embargo, quien tiene que llevar el peso comercial es un Ryan Reynolds que no da la talla en ningún momento, ya sea porque en la comparación con el príncipe de Bel Air sale perdiendo (por mucho) o porque los papeles que mejor le vienen sean bajo tierra o al lado de una actriz más sosa que él como es Sandra Bullock, pero lo cierto es que su presencia en esta comedia es una losa que ni el bueno de Jeff puede soportar.

 

Si el plumero estuviese escondido y el protagonista fuese otro, RIPD conseguiría sorprender con una propuesta divertida y un Jeff Bridges en estado de gracia.

 

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