Sin límites: Los humanos no tenemos límite

 

Sin límites se ha estrenado en un momento muy curioso del panorama cinematográfico. Una historia protagonizada por un actor no muy conocido, su primer papel protagonista, y cuya actuación en solitario es el pilar de la película; un film con pocos efectos especiales, una historia romántica prácticamente inexistente y contados momentos de acción, en una cartelera que contradice prácticamente todo lo enumerado arriba. Y como historia de entretenimiento, funciona estupendamente.

La trama en sí es muy interesante en su planteamiento: ¿qué haríamos si pudiéramos utilizar toda la potencia de nuestro cerebro? El protagonista es un hombre bastante corriente que atraviesa una mala situación en el momento de serle planteada esta pregunta, y es muy fácil identificarse con él y las decisiones que toma, y el uso que hace de esta oportunidad. A simple vista, dadas las nefastas consecuencias de aceptar la pastilla que le permitirá acceder a toda esa capacidad, parece una historia de denuncia de las drogas; pero esto parece desmentido por dos razones, una de las cuales es primordial como pilar de la película: esta droga no es de recreación, sino de rendimiento. Como vehículo de evasión no aporta nada, y esto queda de manifiesto en el uso que de ella hacen todas las personas que acceden o accedieron a ella en la película, cada una de orígenes, cultura e intereses muy variados. Es una forma de potenciar las capacidades sociales y laborales de los individuos, y en esto se parece poco al uso que se hace de las drogas en el mundo real. La otra razón es un interesante giro final que, de forma ambigua, no juzga realmente a los que la usan y siguen usando, puesto que queda en el aire si Eddie aún lo hace. Resulta un final irónico y bastante cínico, pero también sirve de advertencia sobre el poder de seducción de las drogas en general. En cierto sentido, la película es comprensiva con las personas que se enganchan a algo tan atractivo.

 

La ausencia de trama romántica resulta uno de los mayores atractivos de la película. Aún más ausente en el libro que la inspira (The Dark Fields, de Alan Glynn), donde la única mujer es la hija de Eddie, la película idea una novia que sólo se muestra en la periferia de la acción, y el clímax de la película la deja de lado por completo. Tan acostumbrada está la audiencia a que el guionista meta a la fuerza una historia de amor, generalmente muy insustancial, que esto resulta un soplo de aire fresco cuando brilla por su ausencia. Más aún, al comenzar con una relación rompiéndose que luego se retoma de manera natural y en la que el guión apenas se detiene, se consigue un punto de realismo en ella que la mayoría de los films ya querrían.

 

La estructura narrativa no es lineal; el comienzo de la película es el principio del clímax, y el protagonista narra en primera persona como si estuviera contemplando desde fuera la situación, y después retrocede al «dónde empezó todo». Habla de sí mismo como si se contemplara en una pantalla. Es un curioso toque esta narración, que sin embargo asoma ya en la mayoría de las películas de acción o misterio. El narrador en primera persona en off no es tampoco nada sorprendente, pero consigue dar una sensación de intimidad y tono socarrón que encaja perfectamente con el carácter del personaje y que recuerda el origen del libro, que es el diario del protagonista.

 

Es una película muy sensorial: el enfoque se centra en la visión del mundo de alguien bajo la influencia de NZT, la droga que permite usar toda la capacidad cerebral. Los recursos empleados para meternos en su cabeza y su percepción no suponen realmente una innovación técnica, pero son realmente efectivos evocando las sensaciones que el director busca, que es mostrarnos cómo percibe el personaje el mundo cuando está drogado. El resultado es una suerte de sueño febril y caprichoso, lleno de energía casi salvaje. Posiblemente está ambición de mostrar el mundo interior de Eddie sea el objetivo de la película, más que ningún conflicto en sí, y los créditos ya se encargan de introducirnos en esa sensación de mareo y agobio de un mundo que se percibe demasiado deprisa para procesarlo.

 

Además de las ensoñaciones, destaca en toda la película una escena en especial: el protagonista sale de su casa sintiéndose espiado, se sienta en un banco y llama al móvil de su potencial acosador; el móvil de la persona sentada en el otro lado del banco, mirando en sentido opuesto, suena, y ambos se miran. El momento es muy tenso y se mantiene al espectador totalmente rígido, aterrado ante la situación y completamente en blanco sobre cómo saldrá el personaje de ésa.

 

Bradley Cooper está magnífico encarnando a Eddie, el personaje principal; consigue transmitir perfectamente esa sensación de ironía constante de alguien que no se toma nada, ni el mundo ni a sí mismo, en serio. Lo único que no cambia en toda la narración, ni siquiera cuando peligra su vida, es que Eddie está jugando. Para él, todo parece una ensoñación, incluso sin la NZT. Es interesante que la sensación de «ser arrastrado por la corriente» que experimenta Eddie bajo la influencia de NZT le ocurra también al comienzo de la película, cuando sólo es un escritor que se ha abandonado a sí mismo en todos los aspectos, desde su trabajo y vida personal hasta su aspecto, y cuyo descontrol sobre su propia vida y lo que le rodea es total. Es sorprendente lo bien que se adueña de la pantalla Cooper en todo momento, interpretando al mismo hombre en momentos tan diferentes, especialmente notable siendo éste su primer papel protagonista. Esperemos verle mucho más en adelante.

 

Robert de Niro está intachable, aunque sí se puede criticar el haber desperdiciado tanto a semejante actor. Si se cuenta con Robert de Niro para una película, se le tienen que dar frases, se le tiene que sacar. Sin límites lo introduce de forma bastante grandilocuente y con grandes expectativas, y después se olvida durante más de 40 minutos de él, hasta que al final parece recordar que, ¡hey!, cuenta con Robert de Niro, y vuelve a meterlo de improviso. Quizá por esto la tensión entre él y el protagonista nunca llega a cuajar del todo. Esta es una película que derrocha buen protagonista carente de buenos «malos» que le supongan un problema (el otro intento es el matón, pero de ese intento mejor ni hablar).

 

Abbie Cornish, que interpreta a la novia de Eddie, como está mencionado arriba, aparece «poco», aunque más correcto sería decir «lo justo». No está insertada de mala manera para desarrollar a trompicones una historia de amor, la película tira por derroteros más realistas y mantiene su participación en la trama limitada. Como personaje resulta una tía interesante por independiente, aunque de nuevo cumple los clichés femeninos de ser la sensatez personificada y el personaje más terrenal. Tan poca ambición e imaginación, que apenas siente la atracción de la NZT incluso tras haberla probado.

 

Sin límites es una película enormemente entretenida, de una factura correcta, con un excelente actor principal y, como mayor atractivo, una pregunta: ¿qué harías si pudieras usar toda tu capacidad cerebral, aun a costa de tu salud?

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