A Roma con Amor

A Roma con Amor: El piloto automático italiano de Woody

La mejor noticia que brinda A Roma con amor al respetable es la vuelta a la interpretación del genio neoyorkino. Desde el 2006 con Scoop no actuaba en ningún filme, estuviese dirigido por él o no. Eso es lo único «novedoso» que aporta este largometraje. Lo demás es Allen por los cuatro costados. Un Allen menor.

 

Como viene siendo habitual durante los últimos años de su extensa carrera, vuelve a pisar tierras europeas para rodar. Esto no tendría porqué representar un problema necesariamente; si allí le financian una película que de otro modo no podría hacer, bienvenido sea. Sin embargo, si bien en antecedentes como Matchpoint (2005) la ciudad es clave para la historia y no sólo se vende como un personaje, sino que realmente los derroteros deben tener lugar ahí y no en otra parte, en sus últimas aventuras por el viejo continente ha primado el dinero y después el libreto.

 

Penélope Cruz en A Roma con Amor

 

En este viaje a Italia no es ya que nos enseñe la ciudad desde su prisma de turista (como él mismo reconoce) dado que siempre resulta estimulante ver algo a través de los ojos de Woody; es relevante el hecho de que ni siquiera pueda redactarse una sinopsis explicativa de la película. Varias historias de las gentes que en Roma habitan y los turistas que la visitan. Pero salvando los tópicos manidos que todos podamos manejar sobre los transalpinos, poco más ofrece con sabor a Italia.

 

Cinco historias sin conexión entre ellas a cada cual más excéntrica y disparatada. Se podría entender como el culmen de la dirección que ha ido tomando su carrera. El humor alocado de sus primeras películas, la extravagancia de argumentos estrambóticos, los temas universales sobre los que siempre ha girado su obra (el sexo, las relaciones, la muerte); todo ello compone un popurrí que bien podría proyectarse en un certamen de cortos. Alguno más ingenioso que los demás pero que dejan ver la poca pasión que ha puesto en el proyecto. A estas alturas de su vida quiere seguir entregando una película por año y no siempre uno puede ser sublime por muy Woody Allen que tenga por nombre.

 

Roberto Benigni en A Roma con Amor

 

De las piezas que componen este puzzle romano llaman poderosamente la atención las que se centran en las figuras de Leopoldo y Jerry. El primero es un hombre de mediana edad, de clase media con una vida mediocre y un día a día monótono. Una mañana cualquiera, sin saber porqué, la fama le persigue. Gracias a esta sencilla premisa el incansable director de Brooklyn le brinda a Roberto Benigni un papel a su medida y una oportunidad para salir del fango en el que el autor de La vida es bella (1997) parecía estar hundiéndose, a la par que trata con su inconfundible humor lo efímero de la celebridad y cómo el ser humano quiere incesantemente aquello que no puede tener.

 

La segunda, protagonizada esta vez por el propio autor de la película, centra su atractivo en varios puntos. Primero porque, como ya he dicho, el papel de Jerry, un ex director de orquesta jubilado, está interpretado por el propio realizador, y esto quiere decir que los mejores chistes están reservados para él. No por egoísmo o egocentrismo, simplemente es que no existe nadie mejor que él para interpretarse a sí mismo (como ya se encargaron de demostrar una larga lista de actores desde Kenneth Branagh hasta Jesse Eisenberg en este mismo filme). El segundo aliciente de este fragmento es el propio argumento: un propietario de unas pompas fúnebres que gusta de cantar ópera en la ducha y al que Jerry quiere entregar al mundo.

 

Woody Allen y Judy Davis en A Roma Con Amor

 

El resto de partes que conforman el todo no desentonan, (salvo quizá aquella en la que interviene Penélope Cruz, la más floja de todas) pero no por ello pasan de la ramplonería con la que se ve afectado todo el resultado. Alec Baldwin salva los muebles en un enredo marca de la casa mientras que Eissenberg hace lo imposible porque nos lo creamos pero acaba en una caricatura más de las muchas que han representado los alter ego del director.

 

Una nueva entrega de Allen siempre es un evento marcado en rojo en el calendario y aunque sea mediocre como es el caso de ésta, siempre es bien recibida. Para la próxima, si puede ser, que vuelva a Nueva York.

 

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