El Ejercicio del Poder

El Ejercicio del Poder: Los Entremeses Gubernamentales

 

En una sociedad cada día más harta de los tejemanejes políticos pero sin mucho poder de acción, son los músicos, cineastas, escritores, periodistas y demás artistas quienes deben utilizar las herramientas a su alcance para hacer ver a aquellos que ostentan el poder que el vulgo es consciente de sus maniobras y que el cambio no depende de ellos si no del pueblo.

 

De este afán, además del artístico, surgen la mayoría de las películas de denuncia social que acontecen en las salas de cine en la actualidad. Desde Francia nos llega El ejercicio del poder, dirigida y escrita por Pierre Schoeller, que narra el día a día del ministro de transportes francés llevando a cabo sus labores con no pocos problemas. Comienza la función con un accidente en carretera de un autobús escolar en plena noche que lleva a todo el ministerio a levantarse a horas intempestivas para ponerse manos a la obra. A partir de esa premisa surgirán todo tipo de eventualidades, juegos de intereses y éxitos y fracasos (des)merecidos.

 

Con un acertado pulso rítmico Schoeller lleva al espectador por una historia plagada de trucos para que no se duerma con lo que le está contando. Aunque su filmografía sea escasa demuestra un saber hacer particular a la hora de dar vertiginosidad a la trama y que la acción no decaiga nunca. Además de unas escenas trepidantes donde podríamos estar presenciando una película de Frankenheimer, por poner un ejemplo, en contadas ocasiones a lo largo del metraje hace uso de ensoñaciones que si bien no aportan demasiado a la trama sí revierten en el disfrute del visionado, pues están orquestadas con maestría, como la secuencia inicial localizada en el despacho del ministro con desnudo y cocodrilo de por medio.

 

 

El Ejercicio del Poder

 

El problema reside en la falta de concreción del mensaje del largometraje. Como puro entretenimiento funciona y eso es algo de aplaudir ya que la premisa no es la más atractiva si la intención es únicamente distraer y no hacer pensar. Si se buscaba una sátira berlanguiana con la que ridiculizar a los estamentos políticos, se ha olvidado el humor. Pudiera ser que el objetivo no fuese otro que demostrar los intrincados intereses gubernamentales y el hecho de buscar algo que hacer al protagonista fuese una mera excusa para poder llevar el proyecto a buen término, en cuyo caso como panfleto propagandístico funcionaría bien si no fuese porque no hay posición por parte del autor. El drama está presente, sin embargo, humanizar a un ministro de transportes que lo tiene todo y quiere más no es la mejor manera de que el público empatice con el personaje.

 

Una película política más que a pesar de llegar a la cartelera española dos años más tarde de su realización sigue de plena actualidad dados los turbulentos tiempos que vivimos. Una pena que El Capital (Costa-Gravas, 2012) haya llegado antes y esté tan reciente pues las reminiscencias son insalvables y en este caso la sátira sí era identificable.

 

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