Maternity Blues

Maternity Blues: Depresión post-visionado

Cuando un creador intenta dar con una idea innovadora saliéndose de lo establecido y sorprender a todos por doquier –el thinking outside the box de los americanos– lo tiene realmente difícil. No es solo el hecho de que el punto de partida sea una idea de gran concepto (lo cual, después de más de un siglo de historia del cine es realmente complicado de encontrar), es que para dejar mudo al público hace falta que el orden de los acontecimientos rompa con lo común. Hay autores que consiguen alguna de esas dos cosas, pero ver un filme redondo y que además no sea redundante es harina de otro costal. Quien lo consigue en la superficie blockbustera en realidad nos está dando gato por liebre, pero se le perdona porque es lo más cercano a la originalidad que podemos encontrar.

 

Fabrizio Cattani ha conseguido dar con una historia que muy pocas veces (o ninguna, si la memoria no falla) ha sido contada. Acercarse al infanticidio, a la depresión post-parto, al odio hacia los hijos es un tema arduo y que hay que saber tratar. Aunque se esté lidiando con una ficción, este tipo de noticias acometen en el panorama catódico con cierta regularidad y a todo el mundo se le plantea la misma pregunta pero nadie indaga con demasiado ahínco para encontrar una respuesta más allá de la simple locura. ¿Por qué una madre mataría a sus propios retoños?

 

Andrea Osvárt en Maternity Blues

 

De esa base surge Maternity Blues, un relato de vidas desoladas, de progenitoras que por un motivo u otro han visto el sueño de una familia feliz truncada porque no pudieron soportar la presión de ser madres. Y de cómo la sociedad las demoniza y deben soportar (ellas y sus compungidos familiares) el exorcismo y continuo cuchicheo de quienes los rodean. Cómo dejar ese pasado atrás e intentar mirar al futuro con un halo de esperanza. La propuesta es bonita, arriesgada e ingeniosa: un encierro forzoso de mujeres en una institución para mujeres infanticidas y las historias vividas por cada una de ellas. Más semejante a un Gran Hermano del dolor que a una penitenciaría solitaria.

 

Como suele ocurrir con bastante más frecuencia de la deseada, las intenciones, por buenas que sean, no son suficientes y si detrás de esos deseos no hay talento, el acabado sufre falta de lustre. Cattani tiene claro lo que quiere contar pero no cómo debe progresar ni la manera de narrarlo por eso se pierde entre las posibilidades estilísticas, algunos puntos de giro innecesarios y subtramas sin peso. Lo que debería conmover sonroja (lamentable el playback que se marca Monica Balardeanu interpretando una emotiva canción a su hijo fallecido), la tensión se viene abajo toda vez que la única interrogante proviene del morbo de porqué ha llegado cada mujer (solucionado con flashbacks discordantes que aportan muy poco) y la química entre las protagonistas viene más impulsada por las necesidades de rodaje que por una verdadera conexión emocional.

 

Pese a que el intento es elogiable tanto por el deseo de llevar a la actualidad una tragedia que tiene lugar diariamente como por la forma de sacar adelante el proyecto, son tantos los desatinos que la atención y el deseo de aprender más sobre este problema se ven mermados a la media hora de metraje.

 

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