El séquito: Una joya mal pulida

Hace ocho temporadas televisivas (lo que no necesariamente significa ochos años humanos) nació una de las series que mejor ha sabido mostrar el mundo del espectáculo. Entourage es su nombre, con la traducción de El Séquito aquí en España, y El Juego De Hollywood en esa cadena española a la que le sobran canales y no sabe qué hacer con ellos.

 

 

La historia de un chico de Nueva York, concretamente de Queens, que gracias a su cara bonita consigue establecerse en la meca del cine; y sus amigos, en un principio chupópteros y más tarde empresarios, ha dado fabulosas vueltas con puntos de giro envidiables para acabar con dos temporadas finales y un episodio conclusivo situado en la más absoluta mediocridad.

 

Creada por Doug Ellin y apadrinada por Mark Wahlberg (Marky Mark, para los amigos) allá por el 2004, decidieron que ya tenían suficiente y quisieron cerrar el asunto con una octava temporada más corta de lo habitual (solo ocho capítulos) en la que nada quedaría cerrado ya que prometieron una película epílogo con la que finiquitar la historia y de paso, sacarse unas perrillas, que nunca está de más.

 

Comparada (aunque no comparable) con Sexo en Nueva York por su snobismo, por compartir cadena (HBO) y por su tema matriz (la amistad), es considerado el referente masculino de las neoyorkinas salidorras. Sin embargo, una vez pasada esa primera impresión y las capas superfluas queda claro que nada tienen que ver.

 

La historia de Vincent Chase y los suyos está tan bien escrita que una vida que se nos hace tan lejana a los mortales y que en circunstancias normales envidiaríamos hasta el asco sea para el espectador un continuo desasosiego. Y eso que tampoco se han visto problemas vitales en toda la serie. Pero el vilo en que te mantienen por saber si a Vince le darán dos millones de dólares más, si Scorsese querrá trabajar con él o si Johnny Drama conseguirá por fin que su pésima carrera despegue es similar a la que creó la isla televisiva más famosa de la historia.

 

Aunque el reparto esté encabezado por un Adrian Grenier bastante comedido y un escuadrón de actores poco conocidos pero bien curtidos, quien sobresale por justicia es Jeremy Piven, Ari Goldman en la ficción. El agente sin escrúpulos de Vince, uno de esos tiburones que arrasan con todo y que tan mal parados salen en las películas del mundo del cine pero que todos querríamos ser. Un papel que parece hecho a la medida de Piven, quien con sus tics ha conseguido hacerse con los oscars televisivos (Emmy) en más de una ocasión y le ha llevado a trabajar en el cine con Guy Ritchie.

 

 

Mención especial merece también Kevin Dillon, actor totalmente desconocido antes de la serie, al que tampoco parece que le vaya a ir mucho mejor después de la misma, pero que se ha ganado el cariño del público gracias a interpretar al hermano mayor fracasado de Vince en otro tiempo estrella televisiva (probablemente esté siendo él mismo, ya que es hermano en la vida real del también actor Matt Dillon).

 

Los cameos son también una seña de identidad de la serie, todo aquel profesional de Hollywood que se precie ha tenido que pisar el set de rodaje de algún episodio, algunos de ellos interpretándose a sí mismos (Sasha Grey, Martin Scorsese o Edward Burns) o interviniendo con pequeños papeles con tramas de pocos capítulos (Malcolm McDowell o Carla Gugino).

 

Los finales de las series siempre son polémicos, más cuando el relato ha durado varias temporadas y tiene una legión de fans, pero en este caso particular es doloroso, porque sabes que sí, que va a haber una continuación, que te lo cierro pero no herméticamente así que no esperes grandilocuencias o marcianadas, ni siquiera sorpresas. Guárdate unos eurillos y ya lo verás en el cine.

 

El retrato de la fama, el éxito y Hollywood desde el buen rollo, sin telenovela de por medio, ha llegado a su fin sin hacer ruido. Nadie hablará del final de Entourage como sí lo consiguió la familia de mafiosos más famosa de la tele con un simple fundido.

 

Siempre quedará revisionarla una y otra vez y deleitarnos con los avatares del lujo que muy probablemente nunca experimentemos.

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