Trash, ladrones de esperanza: Amistad entre los desperdicios

Bajo la mirada de un gran presupuesto los puntos de vista cambian. La dureza pasmosa que Fernando Meirelles nos regaló en Ciudad de Dios sería muy diferente si la producción hubiera sido anglosajona. Ahora es Stephen Daldry el que recoge las favelas en la ficción.

El director demostró que sabe contar historias espinosas (Las horas) y trabajar con niños (Billy Elliot). En Trash, ladrones de esperanza su narrativa es mucho más amable que la excepcional historia de 2002, aunque no deja de presentar la amargura de la pobreza y el día a día de muchos chicos, habitantes de los suburbios de Brasil. Es inevitable rememorar la otra perspectiva del tercer mundo manufacturada en Gran Bretaña: Slumdog millionaire, pero ahora no están en las abarrotadas calles de Bombay, sino lidiando con la corrupción política brasileña.

Imagen de Trash

Unos niños encuentran en el vertedero donde trabajan un auténtico tesoro: una cartera con dinero y documentos importantes. Tanto que la policía está en busca de ella también, lo que promueve en los chavales el interés por los extraños contenidos, y la atención a los jóvenes, por si saben algo. Sus tres protagonistas son héroes de la ponzoña, con pocas esperanzas dado el lugar donde les ha tocado nacer, por mucho que la ayuda humanitaria del primer mundo eche una mano (representada aquí por Rooney Mara convertida en voluntaria y por Martin Sheen con hábitos de sacerdote).

La producción europea, cuya magnitud ya se ha mencionado, se tiñe muy bien con los tintes del cine carioca. Para empezar en su elenco: además de los tres protagonistas pequeños, también con Wagner Moura y Selton Mello, dos de los rostros más conocidos en el país.

La cinta tiene un arranque digno como thriller que también es. Daldry ha combinado bien las cualidades de varios géneros cinematográficos y el cóctel resultante sabe bien. Las persecuciones, la investigación, el lado sentimental -sin dejar de lado la aspereza local-, fraguan una crónica carismática y rebosante de vitalidad, cuyo fin es el elemental derecho de la justicia.

Para llegar a tal destino los protagonistas correrán, y mucho. Por el metro o por los tejados de su barriada. A los talones siempre tienen a los malos: la policía, que se ponen de lado de los poderosos, los verdaderos corruptos del sistema. Así el cineasta manda una evidente crítica que sirve tanto para argüir la acción como para reivindicar, como cine social que representa esta producción. El ritmo frenético de la acción se consigue gracias a la energía de los chavales, que hacen las persecuciones más angustiosas para los que se convierten en testigos dada también su desamparo ante tanto abuso de autoridad. Sin embargo, habrá algún espacio para el sosiego, ya que las escenas con el sacerdote aligeran esta caza.

Imagen de Trash

El montaje ayuda a la agitación constante en las dos horas: incluye flashblacks del origen de la malversación, con posteriores testimonios de los chicos a cámara. Daldry organiza bien este patchwork que una vez cosido exhibe un claro grito de reproche a un sistema.

El subtítulo en español define mejor que nada a los niños: inocentes en buscan un aliento entre sonrisas y con amigos. Grandes paradojas, pobres pero felices, viviendo entre estiércol que con la fotografía queda reflejado de tal forma que resulta bello. Por los poros del metraje respiran varias inspiraciones, desde el tono agridulce de Slumdog de Danny Boyle, la temática de Ciudad de Dios la agilidad y persecuciones dignas de thriller a lo Bourne, y la camaradería juvenil y aventurera de Los Goonies.

Una desgarradora historia pero aderezada con las mieles de superproducción para para contentar a todos. Y un bonito homenaje a Ciudad de Dios desde las altas esferas. Claro que Daldry tiene personalidad propia, y encandila la vez que se pone serio.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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