Fuego: Brasas que no queman

Cuantas veces se ha llevado la sed de venganza a la gran pantalla. Cuantas historias pendientes, ajustes de cuentas por tan distintas causas. El terrorismo es uno de ellas y bien no es conocido el dolor que deja en las víctimas. De ese sufrimiento habla Fuego.

Con sólo una chispa se puede conseguir un incendio. Pero para ellos se necesita que la cerilla alumbre; eso, y que el material empleado sea combustible. Pero aquí, ni el encendedor ni la madera tienen la fuerza para provocar una simple hoguera. El ambicioso pirómano ha sido Luis Marías. El guionista ha sabido tocar historias en películas como hizo en su día con la íntima Mensaka. Después de dirigir varios títulos para televisión, viene con esta historia rebosante de odio, de horror y de sufrimiento. De todo menos de fuego, que apenas se intuye. Arriesga pero no atina.

José Coronado en Fuego

No hay duda tampoco de las buenas intenciones de los actores. Pero con un texto tan flojo como éste, poco se puede hacer. Y es una lástima, porque miga para desarrollar tenía y mucha. José Coronado ya tocó el mundo de ETA con El lobo. Ahora es víctima sufridora y trastocada, viudo y con una hija en silla de ruedas, Alba (Aida Folch) y a ambos les oprime una angustia interior inmensa. Él decide marcharse de Barcelona e ir a Bilbao por un tiempo. Por mucho que el fuego del título se refiera a su odio, éste no es creíble. Coronado es el protagonista, pero hay más historias. Está la de su hija adolescente, que en la ausencia del padre se quedará con un cuidador (un trabajador social extranjero al que le cuesta acoplarse en una nueva cultura) al que le confiesa sus frustraciones al estar postrada en una silla de ruedas. También está la mujer del terrorista (Leire Berrocal), una madre soltera a cargo de su hijo con síndrome de Down (Gorka Zufiaurre). Además, una vez asentado en Bilbao, aparece un antiguo amor del hombre, que ahora es policía.

Son muchas, por tanto, las vías que se abren en el guion, pero ninguna llega a las direcciones deseadas. Marías no ha sabido tratar el buen cruce de historias que presagiaba, porque cada una se aleja hasta llegar a puntos tan enrevesados que son poco creíbles. Ya fuese el conflicto vasco o cualquier problema actual, pero no. No llega a atrapar al espectador, que bien observa lo que consume a los personajes: el odio. Pero el esperado rencor no fluye como debe; se pierde en el montaje –un compendio de escenas que bien parecen pertenecer a tres películas distintas–, ocultos entre las frases de los actores.

Con tan buenas aspiraciones que partía para que finalmente no atrape como debe. Por querer contar mucho el chispazo principal pierde fuelle. No hay combustión.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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