Cartel de La conspiración del silencio

La conspiración del silencio: Buenas intenciones

Auschwitz, el nazismo, Mengele, etc. siguen quebrantando las mentes de media humanidad. Y cada vez que se recurre a la historia contemporánea alemana en la gran pantalla también. La película de Giulio Ricciarelli -que se llama aquí como la cinta de John Sturges de 1955– habla sobre la etapa posterior, la Alemania de los sesenta que quiere mirar a otro lado y no reconocer los crímenes que se cometieron en las décadas anteriores. Un joven fiscal, Johann Radmann halla unos documentos que pueden llevar al banquillo a determinados miembros de las SS que sirvieron en el campo de concentración. Y como siempre –en eso no hemos evolucionado mucho-, la burocracia ralentiza la investigación, tan determinante para el destino del país.

 

Alexander Fehling en La conspiración del silencio

Alexander Fehling en La conspiración del silencio

 

La película es una oda a la generación posterior a la Segunda Guerra, aquella que vivió en la ignorancia sobre las barbaries cometidas en los campos de exterminio y que plantaron cara para condenar los crímenes anteriores. Por tanto, el filme, de género histórico, es también una fuerte crítica y muestra de que el país germano se mantiene inflexible.

 

Intenciones a La conspiración del silencio sin duda no le faltan, aunque tanto esmero y tantas ganas de testimoniar la historia, ha dejado de lado el buen ritmo y el argumento se centra en los casos reales, con lo que la primera limitación es la forma de narrar, demasiado académica.

 

El guion y la fotografía se obceca en mostrar la ardua labor que el fiscal tiene por delante: papeleo, investigaciones, interrogatorios a culpables que ya no lo parecen tanto con la cara afable que presentan en su entorno… En una línea secundaria enseña la vida privada de Radmann, donde se conoce a la novia. Pero desgraciadamente, queda poco interesante y se acerca al telefilme.

 

Imagen de La conspiración del silencio

Imagen de La conspiración del silencio

 

La narrativa no arriesga, sino que se asienta en las formas convencionales del cine clásico,  algo que resta atractivo a un episodio que provocaría tanto interés, sobre todo por las menciones a personalidades macabras que quisieron dar caza: Mengele o Eichmann. Aunque al menos, y eso es de agradecer, la narrativa se mantiene fría cuando se habla de las atrocidades (buena manera de mostrar cómo esa sociedad, desconocedora de la verdad, descubre semejante verdad), aunque se pase con el almíbar en las escenas del protagonista con su novia.

 

Las actuaciones del reparto son más que correctas, encabezado por Alexander Fehling (Malditos bastardos), que a sus hombros lleva la carga de hacer justicia, tanto en el argumento –imputar a los criminales– como en la forma –aparece en casi todo el metraje.

 

El largometraje peca de ser demasiado germano: se queda en lo funcional pero le falta poner algo más de vehemencia. Y es que ganas de gustar no le faltan y por el tema que es, motivos tampoco: porque los años han pasado, pero todavía hay vergüenza por los crímenes. Buena voluntad, con eso nos quedamos.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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