La Pequeña Venecia

La Pequeña Venecia: Ese otro tipo de inmigración

Mejor momento que el actual no encontrará un artista para dar voz a esas historias de la calle que tan tangibles son y tan desapercibidas pasan. Ahora quien más quien menos, por una razón u otra, se ve forzado a emigrar para buscarse las habas. En occidente estamos viviendo esta situación de una manera un tanto placentera (entiéndase: sin que nuestra vida corra peligro). Pero hay otra inmigración, esa que muchos no queremos que ver y que está latente – como estupendamente nos demuestra Juan Diego Botto sobre las tablas en Madrid durante estos días con el montaje Un trozo invisible de este mundo-.

 

El documentalista Andrea Segre, experto en la comunicación sociológica, escoge para debutar en el largometraje de ficción una historia sobre una mujer china explotada en una fábrica textil italiana, forzada a trabajar para pagar su deuda y poder traer a su hijo consigo.

 

El cine social en general – y el de inmigración en particular – tiene muchas vertientes y casi siempre es crudo, lóbrego y realista. Ha dado grandes obras como la norteamericana The Visitor (Thomas McCarthy, 2007) o la adaptación de la novela de John Steinbeck Las uvas de la ira (John Ford, 1940), pero casi siempre ha intentado alejarse de la estilización impostada que subvierte la intención primigenia de sus creadores.

 

Rade Serbedzija en La Pequeña Venecia

 

Pero en otras ocasiones (las menos, por desgracia) se nos muestra que el mundo real no está enfrentado con la sutileza. El gran activo de la cinta italiana es, precisamente, no evitar la belleza e intentar abrazarla. La hermosa fotografía de Luca Bigazzi, claramente prendado por lo que el entorno le ofrece, permite que afloren sentimientos incómodos en el espectador – pero inevitables para empatizar con los protagonistas – a través de preciosistas encuadres lacónicos de una poesía devastadora.

 

La película se localiza en un pequeño pueblo pesquero de la región del Véneto, de nombre Chioggia. Rodeados de agua como viven sus pobladores (maravillosa la secuencia en la que el pueblo amanece inundado), hubiera sido un tremendo error de planificación no contar desde el libreto con el elemento líquido como un personaje más que encierra a los protagonistas agónicamente en su triste soledad diaria.

 

Las costumbres de los oriundos, las tradiciones inamovibles y la manera en que Shun Li se adentra en ellas están perfectamente dibujadas. No existe una sola arista en el devenir de las relaciones que establece con los clientes del bar en el que se ve obligada a trabajar. Sin embargo, en la atmósfera existe una tensión amorosa mal resuelta. La amistad que florece con El poeta siempre está a punto de explotar – en cualquier aspecto –  y esa es la fuerza que compele a la historia a caminar para llegar a un punto de no retorno en el cual existe un único desenlace plausible. No es la finalidad en sí, es el camino elegido para llegar a ese final.

 

Zhao Tao en La Pequeña Venecia

 

El trabajo actoral es, como no podía ser de otra manera, supremo. De no haber contado con dos protagonistas repletos de talento y en su mejor momento (al menos Rade Serbedzija) el largometraje habría hecho aguas. El peso que soportan ambos intérpretes durante toda la función es asfixiante y el cariño con el que están trazadas sus intervenciones es de elogiar. Tao Zhao borda el arduo papel que tiene ante ella: a la sustancial dificultad de hablar italiano con ese deje chino tan característico se le suma la necesidad de dotar a Shun Li de positivismo, de ternura, comprensión y amor a pesar del dolor con el que debe convivir.

 

La inmigración puede, debe y se ha tratado de miles de maneras pero es difícil que alguna pueda ser tan bella sin caer en el efectismo como lo hace el primer largometraje de Andrea Segre.

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