The Trip

The Trip: Un país para comérselo (a la hora del té)

Con un planteamiento similar al programa de Televisión Española de mismo título que esta crítica, aterriza en España (con tres años de retraso) esta comedia en la que vuelven a verse las caras Steve Coogan, Rob Brydon y Michael Winterbottom tras la pasadísima 24 Hour Party People (2002) y Tristram Shandy: A Cock and a Bull Story (2005).

 

Concebida como una edición de los seis capítulos que conforman la miniserie del mismo nombre, The Trip es una road movie en la que dos amigos (Coogan y Brydon se interpretan a sí mismos) viajan por el norte de Inglaterra probando los más deliciosos manjares en los restaurantes más lujosos de la zona. Por el camino ponen a prueba su poco afianzada amistad, divagan sobre cuestiones de diferente índole, comen, beben e imitan. Todo ello bañado con el irónico humor inglés que define el trabajo de Coogan y el continuo parloteo impresionista de Brydon.

 

Sin un guión previo, la mayoría de las escenas tienen lugar en la carretera, un hotel o un restaurante; y eso es lo único delimitado por el libreto. La improvisación es la sal de este filme y eso supone un arma de doble filo, bien afilado sin embargo. Porque cuando ambos están a tono la película avanza a golpe de chiste magistral con el que las carcajadas no son gratuitas. Pero si deciden dejar libre al imitador que llevan dentro entonces no sólo se aburren entre ellos: una buena personificación de Michael Caine puede ser reconocible por aquellos que gusten de la versión original y, sin duda, el desafío mutuo por encontrar el tono perfecto con el que ha ido oscureciendo su voz el genial actor resulta divertido, pero quizá hubiera tenido un mayor impacto de haber aparecido en una sola escena. Para entendernos, Rob Brydon parece ser el típico amigo pesado que quema los chistes hasta la saciedad aún sabiendo que no está resultando gracioso a nadie. Estaría bien entendido si estuviese interpretando un papel con el que Coogan pudiera darle una réplica inteligente, pero eso ocurre en contadas ocasiones durante el metraje.

 

Steve Coogan y Rob Brydon en The Trip

 

Otro de los problemas de los que adolece la cinta es que tiene un humor muy localizado y fechado. Es difícil seguir el hilo de los gags ya que algunos de ellos están algo desactualizados dada la fecha de la producción y la de estreno en nuestro país. Pero el mayor acicate no tiene que ver con el desfase temporal si no con el geográfico. En muchas de las situaciones que plantean los protagonistas el espectador se puede sentir ajeno si no es un gran conocedor de la cultura británica, sobre todo en lo que se refiere a las imitaciones. No obstante, supone un contratiempo menor ya que en conjunto resulta una comedia muy divertida con la que hay varios momentos de risa asegurada. Pero no cabe duda de que podría haber durado hora y media y seguiría siendo igual de jocosa.

 

Cuando uno piensa en Michael Winterbottom lo primero que le viene a la mente probablemente sea el término eclecticismo. Teniendo presente su filmografía se puede vislumbrar a un director sin fronteras, que toca todos los palos posibles y no se empequeñece ante ningún género. En esta ocasión no parece tener mucho que decir más allá de firmar y germinar la idea – que ni mucho menos es poco -. Pero en el plano narrativo la película adolece de algún tipo de personalidad, deja todo el protagonismo a la verborrea de sus intérpretes y en los mínimos momentos en los que se permite algún toque significativo resta al resultado por desentonar con el estilo. La dualidad entre la fanfarronería de Coogan y la infantilidad de Brydon aporta consistencia a la columna de la relación entre ambos pero llegado el último acto el director se recrea en mostrar los verdaderos seres a los que ha seguido maquillados con su cámara durante el viaje, algo probablemente necesario en otra producción pero falta de sentido en este suculento producto que ya ha dicho todo lo que tenía que decir toda vez que sus valedores han llegado a su hogares.

 

Un poco variado pero exquisito menú en el que, de conocer bien la carta que se presenta, se puede disfrutar hasta relamer el plato.

 

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