Vivir sin parar

Vivir sin parar: Amor de runner

Arriesgadas en taquilla, las películas protagonizadas por personajes en la tercera edad suelen convertirse en ejemplos de denuncia de un momento vital que debería ser de recompensa y, en la mayoría de los casos, se convierte en castigo.

 

En Vivir sin parar el director alemán Kilian Riedhof cuenta a través de las vidas de Paul y Margot Averhoff la negativa a dejar los últimos momentos de una esplendorosa existencia pasar. Paul, ex campeón de atletismo y héroe nacional, y su mujer y entrenadora no pueden hacerse cargo el uno del otro en su inmensa casa, lo que les lleva, sin discusión mediante, a un hogar de ancianos. Sabedores de que todavía quedan ganas de vivir en sus mentes y sus cuerpos, deciden retomar el ejercicio que tanto éxito les brindó en sus vidas pasadas y correr de nuevo.

 

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Con la excusa del running, Riedhof teje un entrañable consejo para los espectadores en el que el seguir siempre adelante y no dejar la vida pasar son una constante. Lo hace con humildad, empatía y cariño; sus personajes velan por entregar el mensaje de la manera menos hostil posible y resultando siempre acogedor. Esto, por un lado, posibilita una fácil digestión del film; por otro, hunde el drama en el conformismo y la previsibilidad. Porque es una película en la que, de forma inevitable, el drama debe acudir en algún momento a la historia. Y lo hace de la manera más esperable posible.

 

Con el fantasma de Amor (Michael Haneke, 2012) planeando sobre cada fotograma, Riedhof no se permite ser tan seco, austero y aséptico como lo es su colega austriaco. Quiere gustar, caer bien y no romper demasiado al espectador; contar verdades incómodas pero con ese halo de esperanza que le gusta creer que existe en el mundo. Y, si bien se agradece algo de bondad (entendida de una forma cinematográfica, que no humana), el drama palidece por culpa de gestos bienintencionados que apartan al guión de la realidad.

 

Paul y Margot juntos en la cama.

 

El trío protagonista (pues el matrimonio tiene una hija) guían el camino marcado por el cineasta. Dieter Hallervorden carga con el peso de todo el metraje en sus hombros y en sus rodillas, dado que más allá de su encomiable labor dramática, es el físico de un nombre nacido en 1935 el que aguanta los planos medios trotando sin descanso. Pero, ¿quién sufre más al lado de un encantador pero también obstinado corredor que quiere olvidar que todo tiempo pasado fue mejor? Tatja Seibt puede lucirse con un papel en apariencia menor pero con un gran significado en la vida del protagonista, tanto o más sufridora que él mismo y con el que la diatriba pelea/dejarse llevar alcanza puntos álgidos.

 

Un simpático drama con tintes cómicos que retrata una verdad universal con ojos benevolentes, cargado de un mensaje positivista que ilumina por momentos la pantalla pero debilita las posibilidades de la historia.

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