La isla de ratones y hombre se acerca a su inexorable final. Se trata de un arco que se presentaba con una apariencia menor, pero que ha servido sobradamente a Tom King y Daniel Sampere, no solo para mostrar parte del camino que recorrerá Diana (y sus aliadas) en el futuro a corto y medio plazo, sino también para subrayar aún más la profunda (r)evolución que está viviendo el personaje en sus manos. Conceptos como la paz o el amor ya no son solo ideales, sino realidades tangibles capaces de canalizar la ira y la fuerza de la amazona. Pobre Mouseman. Casi, casi te sentimos lástima.
«Has cambiado»
En WW #16 vimos a un Mouseman henchido de poder, víctima de una soberbia que en estas páginas se le vuelve en contra. El hombrecillo se creyó superior a la amazona y olvidó las lecciones del pasado (y presente). Y ahí está Diana para recordarle una vez más que su lugar está de rodillas.
Pocas veces hemos visto una representación de Diana tan poderosa como en manos de Sampere y King. No ya por sus cualidades físicas, que lindan con las del otro tótem deceíta, Superman; sino por su presencia. Es cierto que Sampere la ha caracterizado mucho más alta y fuerte de lo que es habitual (acercándola más a lo que imaginamos que debía ser una amazona), pero la clave radica en su temple. Y este número es ilustrativo al respecto. En el careo que mantienen Mouseman y ella, cuando el primero revela su as en la manga y -en teoría- pone a la segunda contra las cuerdas, Diana no se amilana ni se deja someter. Se mantiene calmada, pero firme. Y cuando responde -con tremenda contundencia- mantiene la misma energía.
No os engañéis, la maternidad no le ha restado pasión al personaje, sino que le ha enseñado a canalizarla y explotarla con criterio. Si algo le ha restado es paciencia respecto a sus enemigos. Diana sigue abogando por el diálogo, pero tiene una actitud mucho más pragmática y actúa por la fuerza contra quienes solo entienden la realidad de dicha manera. Con una vida dependiendo enteramente de ella, como cualquier madre que se precie, Diana ya no tiene tiempo para excusas o tonterías. Menos aún de débiles hombrecillos como el soberano o Mouseman. Se madre ha fortalecido sus instintos de protección y responsabilidad, de tal forma que su misión de paz cobra un mayor valor, así como la defensa férrea de esta. Y se sabe más sabia, por lo que templa sus impulsos (como la ira que irremediablemente siente hacia Mouseman) para actuar con certeza fiereza.

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