Más allá de las icónicas imágenes que nos ofrece, la de meterse a una refriega en una nación enemiga con su bebé en brazos no parece la mejor de las ideas… por muy Wonder Woman que se sea. Licencias fruto del molonismo a un lado, este Wonder Woman #14 publicado por Panini Cómics ahonda en la estructura política de Isla Moray, un reducto fascista aislado del mundo regido con mano de hierro por el hasta ahora paródico Mouseman.
«¡¿Qué sabe Mouseman?!«
La acción continúa donde lo dejó el capítulo anterior, con Diana conociendo a la niña de Isla Moray a la que seguimos los pasos en aquel. Ahora, juntas, descubrimos qué es lo que pasa cuando algo altera el rígido orden de la nación insular. Qué resortes de control de activan, cómo se transmite la información y cómo funciona la estructura de poder.
En este punto lo que antes parecía gracioso o inocente deja de serlo. Ya vimos como «los ratones oyen» y «Mouseman sabe», las bases comunicativas locales se esgrimían como una herramienta de control sobre la población y sus pensamientos. Aquí vemos cómo es su función respecto al poder. El lenguaje es tanto un arma como un privilegio en esta perversa nación, llevando al extremo las terroríficas tácticas coercitivas de los fascismos del siglo XX.
Aquí resulta interesante la diferencia entre los modos trumpistas que se critican de fondo en la colección y la táctica del dictador Mouseman. Mientras que la administración norteamericana se esfuerza en retorcer el relato, Mouseman lo anula. Pero el fin es el mismo: el control de la verdad.
La situación, como no puede ser de otra forma, desespera a Diana, que hace todo el ruido posible para llamar la atención del villano, porque no solo afronta una injusticia sino -no lo olvidemos- vino a Isla Moray por un asunto personal y los lugareños no le están dando facilidades.

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