Caza al asesino

Caza al asesino: Congo, Barcelona, toros

La fama de Sean Penn de tipo comprometido con los problemas del mundo es bien conocida por todo aquel que guste de leer la prensa cinematográfica. Día sí, día también ofrece su palmito para posar en situaciones de ayuda humanitaria; al igual que sus queridos amigos Susan Sarandon y Tim Robbins se moja ante la falta de libertades del gobierno que haga falta y no tiene pelos en la lengua a la hora de posicionarse.

 

Es de imaginar, pues, que esa haya sido la idea que tenía en mente cuando adquirió los derechos de la novela que presta su esqueleto a Caza al asesino. La historia (protagonizada, escrita y producida por Penn) tiene un trasfondo de denuncia de la situación política y la falta de ayuda en la República Democrática del Congo que, se entiende, ha podido resultar muy golosa al oscarizado actor. Sin embargo, el director encargado de llevar a buen puerto tan filantrópica idea es Pierre Morel, lo que (supondrá el lector) está directamente enfrentado con la entrega de una película comprometida.

 

Sean Penn en Caza al asesino.

Sean Penn en Caza al asesino.

 

Simpatizando con el mundo el actor y con la acción sin sentido el director, la mezcolanza improbable que resulta del delirante libreto es muchas cosas, pero ninguna entretenida. Si algo bueno tenían las entregas de la filmografía de Morel era esa falta de pretensiones y el puro divertimento, tanto en violencia como en humor, que ofrecía al espectador. Aquí, al querer tomarse en serio lo que está contando, acaba por aburrir yendo y viniendo por todo el mundo sin centrarse en nada concreto.

 

Porque el filme cuenta las andanzas por medio mundo de Terrier (Penn), un asesino que, en aras de esconder su auténtica profesión, trabaja como supuesto guardaespaldas de aquellos que ofrecen sus servicios a los más desfavorecidos en países en guerra. Cuando una supuesta misión le hace huir, el pasado vuelve a atormentarle y con afán de seguir con vida no tiene otro remedio que perseguir a sus perseguidores.

 

Esta premisa lleva al largometraje por terrenos transitados por sagas de espías como puedan ser las de Bond o Bourne, pero adolece del glamour de la primera y la sobria violencia de la segunda. El guión perfila varias líneas argumentales sin rematar ninguna, dejando la sensación de desequilibrio entre su trío protagonista y la acción impostada. Porque podría haberse trabajado el amorío entre Penn, Bardem y Jasmine Trinca; también podría haberse sacado partido al tremendo trabajo de producción que ha debido suponer la película; e incluso el producto hubiese resultado más divertido de haber tomado el camino fácil y filmar unas escenas de acción lo suficientemente potentes como para aguantar todo el peso del metraje. Pero ni lo uno, ni lo otro.

 

Sean Penn, Javier Bardem y Jasmine Trinca en Caza al asesino.

Sean Penn, Javier Bardem y Jasmine Trinca en Caza al asesino.

 

Para colmo de males, no se han desperdiciado únicamente las localizaciones ni la materia prima, Morel consigue que dos pesos pesados de la interpretación ofrezcan trabajos anodinos y sin alma. Sean Penn está muy lejos de sus magistrales actuaciones en cintas como Mystic River (Clint Eastwood, 2003), en Caza al asesino está hipermusculado, en una suerte de Stallone sin chispa que no tiene muy claro por dónde sopla el viento. Dándole la réplica, Javier Bardem se mete en la piel de un yuppie trasnochado que pasa de ser un voluntario con mojo a un empresario vil con un fundido a negro. El punto álgido de su actuación para olvidar se encuentra en una escena que supone el culmen de la vergüenza ajena: Félix, su personaje, invita a su casa al protagonista y lo recibe borracho, y aquí cabe preguntarse lo siguiente: si Javier se encontraba sobrio o se metió tanto en el personaje que la borrachera era real. Sea como fuere, el despropósito es importante. Entre ambos se encuentran algunas caras conocidas de la televisión española, pues la película es una coproducción con España, de ahí que gran parte del largo transcurra en Barcelona. De los toros, mejor ni hablar.

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