Tusk

Tusk: Nuevas influencias, viejos trucos

Hay películas que se definen en su inicio, otras esperan al tramo final para desvelarse, pero Tusk (Kevin Smith, 2014) si espera un poco más, se le acaba el metraje. Ya bien avanzados los créditos finales, cuando comienzan a aparecer los nombres de los responsables del catering, los técnicos de foley y los supervisores de sonido, es decir, cuando las luces llevan encendidas un rato en el cine y ya se ha ido hasta el acomodador (si es que aún existe la profesión), dos voces masculinas comienzan a sonar en off divagando sobre posibles clímax para la película que acaba de terminar. Estas voces pertenecen a Scott Mosier y a Kevin Smith, el director de la película, durante la grabación del podcast Smodcast #259: The Walrus & The Carpenter en el que dialogan entre risas durante lo que parece un brainstorm aderezado con ‘sustancias’, distintas formas a cada cual más absurda para concluir el tercer acto.

 

Génesis Rodríguez y Justin Long

 

Tusk a través de este diálogo final se propone como una película irreverente, no por su propuesta formal que sólo en ocasiones puntuales brinda a ello, sino por su planteamiento iniciático como burla y por su concepto creativo integral como gag. Temáticamente, e incluso en ciertos aspectos estéticos podría parecer que apunta en la línea de películas de terror-fantástico actuales como The Human Centipede (Tom Six, 2009) o Calvaire (Fabrice Du Welz, 2004) cuyos protagonistas sufren transformaciones físicas infligidas por alguien cuya obsesión sobrepasa la locura. Sin embargo, su insolencia como propuesta hacia lo absurdo está más cercana a películas como Juerga hasta el fin (Evan Goldberg, Seth Rogen, 2013) o Movie 43 (VVAA, 2013) que plantean su ontología como diálogo entre lo realista y lo esperpéntico, apoyándose en lo fantástico como mero objeto anecdótico, ya que su fin último es provocar el límite cómico entre lo socialmente establecido y lo políticamente correcto.

 

Justin Long y Michael Parks

 

Por tanto, Tusk puede ser vista como una malformación en la filmografía de Kevin Smith. Un paso hacia la madurez lleno de tensiones en el que sus influencias han emigrado del videoclub tradicional a los selfies de Internet (The Kill Bill Kid) y los podcasts. En el que su representación y personajes luchan de forma continua entre lo adulto y lo infantil. Y en el que continuamente sobrevuela una pregunta: cómo narrar de forma seria una historia absurda donde se mezclan en un mismo diálogo verborreico marca del director, historias de Hemingway e historias de pedos de madres. Por ello, su visita al subgénero del fantástico-terror no se centra en los propios parámetros del género, sino en la constante lucha de opuestos que conviven en ese espacio que limita los Estados Unidos con Canadá, y que enfrenta mediante chistes culturales e idiomáticos a personajes esperpénticos y sobredimensionados como el anciano, el detective o las chicas de la tienda, con otros más realistas e intensos, como el propio protagonista, la novia o el compañero del programa de radio. Al final, llegados los créditos, es posible que al espectador le pueda quedar la duda de si lo visto era o no una propuesta seria. La respuesta es no.

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