A cambio de nada

A cambio de nada: Porque el mundo me ha hecho así

En su primer largometraje, Daniel Guzmán busca emocionar en todo momento. Por fin su gran anhelo ve la luz tras años de preparación, después de los primeros Sueños que duraba diez minutos y le valieron el Goya al mejor corto de ficción en 2003. La nueva quimera ofrece porciones de lo que se vio en su primer trabajo de hace doce años: dos chavales, ya adolescentes, un buen guion que exhala mimo, días calurosos y los barrios de Madrid. Aunque aquí el dilema del protagonista tiene ya más forma. Darío sufre un propio infierno con dieciséis años.

 

La presentación de personajes y del percal es más que adecuada: un chico de barrio con problemas en el instituto y más en casa. Sus padres (Luis Tosar y María Miguel) no pueden verse y donde busca consuelo es con su fiel amigo Luismi. Un día, tras un grave error el chaval acude al taller de Caralimpia (Felipe Gacía Vélez), un rufián experto en trapicheos desde su taller de motos. De ahí partirá a otro resguardo. Una noche, perdido  en la gran ciudad, conoce a Antonia (Antonia Guzmán), otra alma en pena con más edad que recoge con su ajado motocarro muebles viejos. Con la anciana Darío empieza una relación de apoyo y quizá amistad, el uno encuentra en el otro consuelo. Darío muestra su cara amable con la solitaria mujer. Pero parece sin embargo no encontrar salida por ningún lado.

 

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Eso es lo que Guzmán expresa desde el minuto uno. Un personaje con ganas de comerse el mundo y echado para adelante, pero “yéndose por el mal camino”. Un reflejo de la adolescencia en plena ebullición, en un lugar tan poblado como Madrid que no encuentra donde encajar. Al protagonista le dibuja como un granuja que no tiene mal fondo. Le pone al límite siempre: ha mentido a sus padres con su expediente académico, roba, engaña, se escapa, etc. Es un personaje poco simpático pero no se le llega a odiar. ¿Se le comprende acaso.

 

El insistente mensaje de “son las circunstancias lo que le lleva a actuar así” queda constante en la narrativa. Toda la trama es una forma de redimir al chaval por el comportamiento de unos padres que no se soportan. Como siempre, al final parece que los que pierden son los hijos y habrá persistencia en ello: sorpresas no tan agradables de sus allegados o planes directos al garete en más de una ocasión. Darío escapa todo el rato. En moto, por la ventana, saltándose semáforos, la cuestión es a dónde va.

 

El drama social es casi un género dentro del drama en el cine español. Expone demasiados problemas a la vez en la película haciendo un llamamiento, y en el nivel extremo. La presente trama conjuga bien los tristes hechos desde la perspectiva inocente de la juventud, sin llegar a la turbiedad de Fernando León de Aranoa, pero la protesta también está perenne.

 

Tanto Miguel Herrán como Antonio Bachiller salen bien parados con su primer largometraje, y arropados por secundarios de lujo, ahí están Luis Tosar en el papel de padre antipático o Miguel Rellán convertido en tutor resignado representando a buena parte de la educación secundaria. Ellos y este elenco de actores noveles de todas las edades (Antonia Guzmán es la abuela del director) hacen una película que se mueve entre la antítesis constante de ternura y bestialidad.

 

A cambio de nada explica cómo se forma un “ni-ni” pero habla de más cosas dentro de esta alerta sobre el germen de los comportamientos díscolos. El remedio es fácil: quizá haya que escucharles un poquito, a cambio de su bienestar. Guzmán soñaba con conmover; ha insistido y lo ha conseguido. Aunque no lloremos, nos ablandamos.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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