Una de las cosas buenas que nos ha traído el desembarco de DC Comics en Panini (un añito ya, se dice pronto) ha sido el poder recuperar colecciones que quedaron en el limbo por parte de ECC Ediciones. Series inconclusas o directamente inéditas que ahora tienen la oportunidad de pelear por su nicho en igualdad de condiciones. Uno de los casos más destacados es el de Aves de prensa de Kelly Thompson, cuyo primer volumen disfrutamos a finales de 2024.
«Han pasado dos segundos… ¿qué le ha pasado?»
Habiéndolo testado en su primera publicación española y teniendo en cuenta que el relanzamiento de Panini del mismo contenía el mismo material, hemos saltado directamente al segundo volumen, que toma por título Mundos sin fin e ilustra el tremendo talento de su guionista. Thompson es una de nuestras escribas favoritas y no nos escondemos.
En fin, yendo al grano, este Mundos sin fin continúa y concluye con la trama de fondo que se desarrolló en el tomo inicial, esa que implicaba a una viajera temporal y lo esfuerzos de Canario Negro por salvar la situación de turno con mantener fuera de peligro a Batgirl, amenazada (sin ella saberlo) por una amenaza también desconocida. Para evitar el riesgo de caer en repeticiones, Thompson zarandea el grupo en este segundo arco argumental, cambiando algunos de los rostros de las aves. Así, por ejemplo, Harley deja su lugar a Vixen, cuyas habilidades relacionadas con el rojo, toman una importante relevancia en la aventura.
Es decir, los cambios en esta formación en continuo movimiento no son gratuitos, sino que tienen una justificación y utilidad en el desarrollo mismo del argumento. Aspecto este que no siempre es habitual en los cómics con grupos de personajes como protagonistas y que aquí se aplica con enorme organicidad.
Esto mismo se ve también en el cambio de rol de Batgirl, que toma un papel más proactivo, ya sabedora de que alguien quiere darle caza. Y ese es el foco de la acción en este segundo tomo: la identidad de quien va tras las Aves de presa y su motivación. Para darle un poco más de enjundia al asunto, Thompson apuesta por jugar con la magia y el poder de la imaginación, en un sentido tan tangible como literal, que permite al grupo de artistas que acompañan a la autora (entre los que están Javier Pina, Robbie Rodriguez o Gavin Guidry) jugar con diferentes estilos y escenarios que dan lugar a ideas tan dispares como vestir al grupo siguiendo la moda de los años 50, como convertirlas en dibujos animados.
En el pequeño rinconcito que suponen las Aves de presa (seamos francos, su popularidad está muy lejos de las de los puntales deceítas) da la oportunidad a Thompson de salirse de las convenciones y tener más libertad para proponer experimentos formales y narrativos (de momento más los primeros que los segundos, todo sea dicho) difíciles de ver en otros contextos. Y el ejemplo perfecto lo encontramos en el trabajo de Jordie Bellaire en el color, que si bien podía chocar en un principio, le aporta una personalidad única a la serie.

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