El quinto volumen del manga de Kent, El Gran Gaea-Tima, se presenta como una suerte de conclusión de lo acontecido en el tomo anterior. El mangaka utiliza esta entrega para cerrar la trama en torno a la aparición de Hibari y su inevitable enfrentamiento con Miyako por el control de Gaea-Tima. Un aspecto a tener en consideración porque influye directamente en el desarrollo de la aventura y en la cantidad de información sobre los kaijû que el autor aporta a los lectores.
«¡Estamos apuntando al monstruo, no a vosotras!«
Venimos de varios tomos en los que ha habido siempre un camino hacia delante, tanto en la creación de mundo como en la explicación sobre la naturaleza de los monstruos, con Gaea-Tima a la cabeza. En el cuarto volumen, además, la presentación de Hibari abría el campo de estudio a terrenos como la historia y los mitos, y no solo desde una perspectiva más natural o científica, como venía siendo la norma.
Aquí, sin embargo, hay poco espacio para el estudio por la urgencia de la trama, concretada en el enfrentamiento entre Miyako y Hibari. Los personajes andan todos focalizados en la preparación de Miyako para dicho momento, por lo que no tienen tiempo de proseguir con las investigaciones. Ni personajes, ni autor, que aprovecha la circunstancia para ahondar en el pasado de la última adición a la serie: Hibari.
En el tomo anterior se habían apuntado algunas líneas en torno al origen del personaje y de Tsubagra, la criatura que la acompaña; y en este, con el obligado impasse, Kent cuenta cómo Hibari se convirtió en domadora de kaijûs. Una historia de tragedia y traición que mantiene la línea seguida por el personaje, cuyo background no deja de ser una amalgama de lugares comunes. Es efectivo para la trama, pero dice poco de ella como personaje. Kent lo único que hace es subrayar el papel preponderante de Miyako sobre todos los demás, indicando que el plantel de secundarios tiene solo una misión utilitaria.
«¿Ha absorbido más agua para expandirse?»
Esta falta de profundidad, si bien puede llegar a ser un lastre para la salud de la serie a largo plazo, ahora no es más que una anécdota. Máxime cuando, como decimos, Miyako es el centro de atención. En este sentido, tanto el volumen anterior como este tienen por objeto reflexionar en torno al vínculo entre los kaijûs y los humanos, o más concretamente entre Gaea-Tima y nuestra protagonista. Porque si una cosa nos indican Hibari y Tsubagra es que el vínculo entre ambas especies tiene un carácter sobrenatural que confronta con el enfoque de estudio de FUNE. Hay un componente, digamos, mágico en la creación de los lazos entre kaijûs y humanos y en cada caso se forman de maneras diferentes. Aunque es cierto que las dinámicas que se generan luego, las sinergias entre los monstruos y las personas tienen algunos puntos en común, con el aspecto emocional como factor clave. Y ahí la empatía y altruismo de Miyako se vuelven fundamentales.
Quizás con este tomo Kent no haya avanzado mucho en el argumento general de su obra, pero ha concretado la manera en la que Miyako y Gaea-Tima se relacionan y entienden respecto al resto de personajes, domadores de kaijû incluidas. Los vínculos emocionales lo son todo.
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