Un prólogo eficaz. Nos situamos en la guerra civil española, un contexto histórico complicado. Descubrimos que en este periodo ya existían los payasos y tenemos el primer contacto con el protagonista de esta película. Un arranque espectacular. Irrumpen los créditos. ¿Qué digo? Hace aparición una de las mejores secuencias de títulos de crédito en mucho tiempo. Dinámica sucesión de fotografías, dibujos y demás variedades acompañadas de un poderoso tema musical compuesto por Roque Baños. A partir de aquí, todo cae en picado.
Balada triste de trompeta relata, con torpeza, la enésima historia de una obsesión. Carlos Areces interpreta a Javier, el payaso triste. Un hazmerreír marcado por la tragedia que entra a formar parte de una troupe circense. El mismo día que empieza es seducido por los cantos de sirena de Natalia (Carolina Bang), la trapecista que además es la novia maltratada de Sergio (Antonio de la Torre), el payaso tonto y jefe del circo. La lucha entre los payasos por conseguir a la chica se transformará en una pesadilla que tendrá consecuencias desastrosas para todos.
Resulta difícil imaginar que alguien que se sienta atraído por esta propuesta. Desde mi humilde opinión ha sido una de las peores experiencias que recuerdo en un cine. Como es habitual en este director, su película tiene su resolución en un icono a grandes alturas donde la confrontación tendrá consecuencias desastrosas. La misma fórmula del presidente de la Academia de Cine que repite película tras película. Profunda sensación de vacío. Aquí no hay película, sólo ideas e imágenes mal argumentadas. Esperen a los premios Goya, tendrán que justificar una obra tan arriesgada y no podemos ser menos que el jurado de Venecia. Esto sí que es digno de circo.
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