Rodrigo Cortés

Rodrigo Cortés: «El lenguaje del cine es sucinto y económico; la literatura es el arte de la evocación, de la musicalidad»

Viejo conocido de la revista, nos reencontramos con Rodrigo Cortés para hablar con él de su penúltima aventura como narrador. Durante la producción de Blackwood una frase se cruzó en su camino: «Nací el 18 de octubre de 1902»; una frase a partir de la cual tenemos hoy la novela Los años extraordinarios: historia de una vida, obra de pulsiones y reflexiones, de irrealidades reales o realidades irreales, descacharrante por momentos, siempre emotiva. En esta entrevista hablamos de su protagonista, Jaime Fanjul, del carácter de la novela y acerca del proceso de escritura (y las diferencias entre el cine y la literatura).

 

Rodrigo CortésPregunta: ¿Cómo definirías a Jaime Fanjul?
Respuesta: Un tipo lúcido y a veces irritante que no se toma nada en serio, empezando por sí mismo, y que aprende más bien poco en más de setenta años de camino. Un tipo que no juzga y no se queja, y es, por tanto, inmanipulable.

 

P: ¿Qué tipo de relación sueles mantener con tus personajes?
R: La que tengo con mi pelo: de mutuo respeto. Yo no les digo qué tienen que hacer, ellos no me lo dicen a mí.

 

P: ¿Crees que es posible que un personaje pueda llegar a caerle mal a su autor?
R: No es fácil, pero no tiene por qué enamorarse de él.

 

P: ¿Qué diferencias encuentras entre crear y desarrollar una historia para un guion cinematográfico y para una novela?
R: Todas. El cine es el territorio de la acción: los personajes se definen por lo que hacen, por las decisiones que toman. El lenguaje del cine es sucinto y económico. La literatura es el arte de la evocación, de la musicalidad. El personaje se piensa, vemos el mundo a través de su mirada. Más te vale amar las palabras, porque la sensorialidad del lenguaje encierra su propio mensaje.

 

P: En una película es habitual buscar referencias para dar con un tono o atmósfera, incluso con una iluminación concreta que encaje con la historia que uno quiere contar. ¿Ese «trabajo» se da también en la literatura, o al depender todo —en última instancia— de la imaginación de cada cual, no existe?
R: No necesitas darte referencias a ti mismo para explicarte nada: estás en tu propia cabeza y eres el jefe de cada departamento, como eres cada actor y técnico. Pero tienes referencias, claro, conscientes e inconscientes; tienes bagaje: tu memoria es tu equipaje. Somos lo que comemos.

 

P: Jaime es un personaje que no tiene planes, elude tomar decisiones y es dado a dejar que el azar marque el rumbo. ¿Cuánto de ese carácter hay en la escritura del libro? ¿O sí que había un plan en él?
R: Hay poco de eso en mí; dejo en general poco al azar; tomo decisiones. Pero hay mucho de Jaime en la escritura de este libro en particular. No diré que se haya desarrollado por escritura automática, pero sí sin plan concreto ni apenas brújula. Esperaba lo mejor cada día, abierto a la vida y sus temibles sorpresas.

 

Los años extraordinariosP: «Nací el 18 de octubre de 1902». Una primera frase nacida de forma casual a partir de la cual se desarrolla toda una vida, la de Jaime Fanjul. ¿Cuándo eres consciente de que tienes una novela entre manos; que lo que estás escribiendo tiene un objetivo y puede concluir en un libro?
R: Desde el primer instante, aunque no supe por qué lo hacía. Con el tiempo comprendí que se trataba de un acto inconsciente e imparable de vindicación de libertad creadora.

 

P: Al respecto, dado el carácter tan libérrimo de la historia, en la que caben desde peleas a puñetazo limpio con una monja, a encuentros con sirenas o fantasmas o travesías a pie por el desierto del Sáhara…, ¿tuviste momentos de duda sobre la viabilidad del libro?
R: Todo el rato y, a la vez, en ningún momento.

 

P: Valle-Inclán, Jardiel Poncela, Cervantes…, en Twitter he leído que Terry Pratchett; yo mismo he pensado en los Monty Python. Muchos y variados nombres para catalogar y poner en contexto Los años extraordinarios. ¿Cómo valoras este ánimo —a veces obsesivo— de la prensa y el público de buscar comparaciones y poner etiquetas?
R: Parece inevitable, pero es un trabajo casi vano, al menos con este libro. O interminable, no lo sé. Los años extraordinarios se alimenta tanto de nuestro Siglo de Oro como de Gurdjieff o Calvino, tanto de Cunqueiro o Borges como de cualquier película que viera con ocho años basada en algún relato de Kipling. De la noción del universo como lugar implacable de Castaneda y del absurdo alegre de Mendoza, o de la magia de Dahl, o de la poesía seca e inadvertida de Buñuel. De la Salamanca de piedra fría y del desierto inacabable y del manglar y de la bruma.

 

P: ¿Cuánto hay de reflexión personal y cuánto de juego respecto a la España real en este viaje por la España exagerada y asombrosa en la que vive Fanjul?
R: Nada. Todo. Nada en la novela pretende ser aleccionador ni ejemplar ni edificante. Nada es una lección ni una revelación ni un consejo. El contenido de la novela surge de lugares irreflexivos, irracionales, desprogramados y, por tanto, reveladores a veces. Surge de una mirada asombrada y llena de dudas que acepta las cosas como vienen.

 

P: La novela cuenta con una versión en audiolibro narrada por ti, ¿cómo ha sido la experiencia?
R: Interesante, divertida, como sólo lo son las cosas que se hacen una sola vez. Traté de proteger el texto; de evitar que alguna voz tratara de hacer gracioso lo gracioso o dramático lo dramático.

 

 

Foto: Irene Medina

Acerca de Daniel Lobato

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El padre de todos, pero como a Odín, se me suben constantemente a las barbas. Periodista de vocación cinéfila empecé en deportes (que tiene mucho de película) y ahora dejo semillitas en distintos medios online hablando de cine y cómics. También foteo de cuando en cuando y preparo proyectos audiovisuales.

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