Youth

Youth: La grande «giovinezza»

Varios huéspedes de un balneario sitiado en Europa hablan sobre sus proyectos, sus recuerdos, sobre lo que fueron… Algunos son más jóvenes, pero otros ya han superado los «buenos años» de la vida. Sólo queda lo vivido, lo que de verdad importa. Todo dentro de un marco donde rigen las bonitas superficialidades del hombre como el arte, bien sea la música, el cine, la interpretación. Sin duda el argumento va ligado a la anterior obra de Paolo Sorrentino, La gran belleza. Ahora el italiano cambia el italiano por el inglés pero ni un ápice de su estilo ni sus inquietudes. En Youth, cuyo título original es La Giovinezza, hay más diálogos, pero éstos se siguen apoyando en la gran magnanimidad de la fotografía. Nada más arrancar, el filme recuerda a su predecesora, que también se apoya en una gran banda sonora. Todo englobado con un aire de melancolía, pues eso es de lo que hablan Fred (Michael Caine) y Mick (Harvey Keitel). Fred es director de orquesta al que están pidiendo volver a los escenarios con una ópera y Mick un vanagloriado director de cine que prepara su «película testamento». Allí también está un joven actor con aires vanidosos de típica estrellita (Paul Dano), o Leda (Raquel Weisz), la hija de Fred.

 

Sorrentino mantiene la línea de su predecesora. La localización juega un punto importante: a miles de kilometros de la chabacanería de Hollywood, estos artistas se alejan y miran la vida pasar, bebiendo de sus recuerdos. Aquí hay que asimilar las obras mejor, con gusto, con delicadeza, componiendo los planos con detalle (en alguna escena el italiano parece mirar hacia la técnica de Wes Anderson), con los claroscuros que tanto marcaron los planos de Toni Servillo en su momento.

 

Youth (2015)

Youth (2015)

 

También hay espacio para dibujar lo grotesco, no hay más que ver al huésped sorpresa que aparece en pantalla: Diego Armando Maradona (un doble), una figura tan simbólica dentro de esta mirada hipnótica. La dirección artística es alegórica, yendo en perfecta consonancia con el guión. Entre esas charlas sobre obras célebres y pasadas obras se esconden confesiones y tristezas dolorosas, y el elenco las desprende de forma que al espectador le llegue en forma casi de puñaladas. Paul Dano está magnífico en la piel del actor altivo -maravillosa la caracterización con la que aparece-, igual que Jane Fonda, que con sólo dos escenas descomunales está espectacular: con qué desdén contesta al rol de Keitel. Sus respuestas son un autentico manifiesto de principios hacia las eminencias que dejan de brillar y pretenden e insisten con sus ínfulas de alcanzar la obra maestra cuando no alcanzan la frescura. Igual que Weisz reprochando a su padre ficticio unas cuantas verdades del pasado sobre su familia.

 

No hay más que ver esos dos planos de Caine y Keitel con los que Sorrentino remata su filme. El telón baja. El espectáculo termina y nosotros, público mundano, nos damos cuenta de que tenemos el corazón en un puño. Mirando a lo venidero y no en retazos pretéritos. Como bien se menciona en un momento del metraje «hay que pensar en deseos, porque por eso estamos vivos».  Una obra que va con dedicatoria a las emociones, al arte, al cine (al de Fellini sobre principalmente); y en ese orden.

 

Si bien es cierto que los primeros minutos de la película parece que va a ser una mera pieza elegante, la historia va en un in crescendo continuo y monumental. Paolo, qué bien apuntas a nuestras entrañas.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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