La Odisea

La Odisea: El camino más largo para volver a casa

La de Christopher Nolan es la odisea de un hombre derrotado, superado por el coste de unas decisiones tomadas sin medir (o sin querer medir) las consecuencias. Como Sísifo, este Odiseo carga con el peso de un mundo que ya nunca será el mismo.

 

En esta Odisea, más fiel a la obra de Homero de lo que las mentirosas redes sociales puedan pregonar, convergen las aventuras de carácter más épico con el relato más íntimo sobre un héroe con pies de barro, tan falible como cualquiera de nosotros. Así, los años perdidos entre mares embravecidos e islas míticas no son sino una representación de la psique de un hombre perdido entre dudas y remordimientos, incapaz de retornar a casa por saberse indigno de esa paz sin antes hacer penitencia y asumir sus responsabilidades.

 

La Odisea

 

En su habitual grandilocuencia, la película se teje entrelazando lo tres bloques narrativos de la obra de Homero diluyendo la linealidad del relato, provocando que sea el discurrir emocional de sus protagonistas los que marquen el fluir de un tiempo (los dieciocho años que van del desembarco en las costas de Troya de las tropas de Agamenón a la consumación de la venganza de Odiseo) que tan pronto se dilata como se evapora en un suspiro. Hay una evidente intencionalidad poética, subrayada por la fuerza de unas imágenes que disfrazan la magia de crudo realismo bajo el reconocible sello del suizo Hoyte van Hoytema; atemperada a su vez por la fijación del director de sobreexplicar en exceso.

 

Un vicio, el de enfatizar las explicaciones que viene dada de su noción del blockbuster, marcados por la intensidad de sus personajes, espectaculares set pieces y sencillos conceptos vestidos de complejos. Porque La Odisea, más allá de temas y lecturas que se puedan extraer de su relato, no deja de ser la crónica del viaje de Odiseo a casa a través de las diferentes aventuras (o desventuras) a las que se enfrenta: desde las sirenas o los lestrigones a Polifemo o el monstruo Escila. Y si como relato íntimo esta Odisea liderada por Matt Damon conversa con los infaustos tiempos presentes; como película de aventuras pocas experiencias vamos a vivir como esta en el cine.

 

En los últimos tiempos Nolan ha dejado caer que le gustaría explorar el terror y no sería de extrañar que este interés por el género surja, en parte, por su trabajo en La Odisea, los encuentros con los gigantes caníbales o la bruja Circe (en una angustiosa escena que evoca las dolorosas transformaciones del fantástico ochentero) recogen recursos habituales del terror como la anticipación o los silencios para generar la inquietud y peligro del momento. El uso de las cámaras IMAX, con la amplitud de las imágenes que crean, potencia también el impacto de muchas de las secuencias. Algunas como la huida de Caribdis y Escila son difíciles de imaginar ya de otra manera.

 

El gran valor de La Odisea es el de trasladar una obra seminal de la cultura occidental a los estándares contemporáneos de manera lúdica y accesible, pero sin perder su esencia. Quizás haya cuestiones más discutibles que otras (como la caracterización de Telémaco o la dispersión del fragmento dedicado a Calipso), pero es tal la capacidad de asombro que es capaz de transmitir la película que es muy complicado no dejarse llevar por el entusiasmo.

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