Cuando se cumplen 30 años del estreno de su debut como director de cine (November Afternoon, 1996), John Carney nos recuerda que en su esencia sigue siendo el mismo. El éxito no le ha vuelto loco y siempre tiene un pie en el hogar. Un poco lo que le sucede a Paul Rudd en Letras robadas, a quien los años de éxitos efímeros y conciertos alimenticios no han apagado su pasión. Eso, en los tiempos que corren, ya es una victoria en sí misma.
Pero Letras robadas no es solo un ejercicio de resiliencia y optimismo en un mundo construido para machacar nuestros sueños, es también -como buena parte de la obra de Carney- una carta de amor a la música, a su capacidad para emocionarnos como ninguna otra arte. Se pliegue más o menos a los tropos y lugares comunes de las comedias dramáticas o las feel good movies, si algo define al cine de John Carney es la autenticidad de su discurso. Y Letras Robadas no es una excepción.
Carney cree genuinamente en el poder de la música y así lo expone una y otra vez. Letras Robadas nos recuerda que da igual si nos escuchan dos o 20.000 personas, los números son secundarios (obviamente a nadie amarga un dulce); lo que importa es ser honestos (con nosotros y con los demás) y el qué nos hace sentir. Y Letras Robadas nos hace sentir un poco más felices.
Quizás sus temas no enamoren tanto como los de Begin Again (2013) o aquel oscarizado Falling Slowly de Once (2006), pero en cierta forma los de Letras robadas dicen más acerca Carney (Dublin to L.A. no puede ser más obvia), no en vano es co-letrista de la mayoría de las canciones originales del filme. De todas ellas destaca, como es evidente, How to Write a Song Without You, que es la letra en disputa entre Rudd y Nick Jonas; pero al contrario de lo que opina el personaje de Beth Fallon, Satellite es también un tema muy pegadizo.
Como decíamos, a Letras robadas se le puede achacar ser fácil y conservadora en su desarrollo, pero ahí radica su mismo encanto. Tú vas al cine a ver una película de John Carney y esperas justo esto. Pocos filmes hay tan honestos como los del director dublinés, un fiel creyente del poder transformador de la música que por más alto que vuele no olvida su hogar.


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