Yo, Daniel Blake

Yo, Daniel Blake: Ken Loach, fiel a sí mismo y a los demás

En sociedades donde los gobernantes buscan el bienestar social, existen también desigualdades de las que, en muchas ocasiones, sentimos indiferencia. Las autoridades y nosotros, a la par. Pero siempre hay asistentes comprometidos de toda índole cuya misión es darnos un toque para que giremos la mirada ante estas injusticias que nos rodean. Trabajadores sociales hay muchos: voluntarios, cooperantes, profesores, psicólogos y cineastas como Ken Loach. El director es un hombre fiel a sí mismo, y en Yo, Daniel Blake, la película que le ha otorgado su segunda Palma de Oro, más todavía (la primera fue gracias a El viento que agita la cebada).

 

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Su constante en el cine ha sido la dura crítica a las ayudas sociales, estar de lado de los desfavorecidos y en su nueva cinta no enseña nada nuevo. Ahora presenta a Daniel, un hombre que lleva trabajando de carpintero más de 40 años y que debe retirarse por una enfermedad. Tiene prescrito no trabajar, pero los servicios sociales le obligan a buscar un empleo para que no reciba sanción. En medio de toda esta incómoda burocracia, Daniel conocerá a Rachel, una madre soltera con serios problemas económicos. La historia enseña las fisuras del sistema implantado Gran Bretaña, aquella nación que sigue padeciendo las desgracias provocadas por el gobierno de Margaret Thatcher, del que Loach ha sido siempre uno de sus detractores.

 

El guion, escrito por el asiduo a Loach, Paul Laverty, demuestra todos estos errores de gobierno, donde las ayudas no llegan, la gente se amontonan en las oficinas de empleo, y la reinserción laboral es peliaguda para algunos. Así, el texto y la mirada de Loach se vuelca hacia los desfavorecidos, hacia los olvidados al fin y al cabo. Personas normales con las que uno se cruza en el día a día en los barrios de Inglaterra, y que Dave Johns y Hayley Squires dotan de aplastante humanidad.

 

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Su historia ya nos la sabemos, e igual a veces eso nos molesta porque imaginamos lo que Ken nos va a enseñar, y el factor sorpresa no está dentro de su estilo. Él se centra en sus historias sencillas como la que presenta, en la que un mero cruce de vidas sirve para poner en tela de juicio el sistema de empleo de Gran Bretaña. Por ello Daniel (un Johns en estado de gracia) acaba harto y pondrá en marcha su pequeña sublevación, a las puertas del centro estatal.

 

No sabemos a ciencia cierta si ésta será la última película del británico. Igual la Palma es un bonito broche para cerrar una carrera luchando contra las desigualdades y contra un sistema no perfecto.

Acerca de María Aller

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Madrileña. Comunicadora. Periodista. Sagitaria. Bonne Vivante. Cine. Y festivales, series, libros, cocina, deporte... recomiéndame!

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